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volver

angel uranga

 

viaje al pozo

                                                                

 

                                                                                                                   UNO                    

En la penumbra de la cocina, escucha y reconoce con nitidez el sonido aún lejano del coche del turno que viene a buscarlo. Por el rectángulo de luz que entra de  la ventana, observa la hora .

El vehículo que trepa la calle disminuye la velocidad a mitad  de cuadra y ahí mismo gira, retomando la dirección que traía. Ya frente a la casa, se detiene y avisa de su llegada con un breve y  tímido toque de bocina.

Le molesta que toquen bocina, no necesita de ese aviso porque siempre está preparado; por eso, al escuchar el particular sonido del motor, y antes que el coche llegue, se pone el casco, y con el  bolso azul del refrigerio, sale a la noche, hacia el trabajo.

 

-Buenas  -saluda al subir.

Desde la  penumbra un par de sombras contestan con un rezongo. Dentro, la única claridad surgía del suave verde agua de la radio del coche que deposita un clima de  intimidad  trasnochadora.

 

                                                                                                                                                      

                                                                                                                JUNTOS

 Viajan  apretujados y distantes en el estrecho espacio del coche del turno.

Aparentan un grupo compacto y homogéneo, tal vez  por la ropa o sus figuras: llevan desprendidos los botines que acabarán deformes, empetrolados, húmedos y sobados de gasoil, adquiriendo por el uso y el abuso una plasticidad  marrón mugre por donde aflorará, brillante e invulnerable la puntera  de acero. Gastan el mameluco azul que alguien usará para el viaje, pero sólo cuando es nuevo, y que, una vez usado y engrasado, espera en el cofre donde se  acumula en estrecho desorden; ropa, almanaques, papeles, trapos y herramientas. Usan el térmico también azul pero no todos llevan el casquete gris, algunos optaron por el pasamontaña casero.

Es un grupo de hombres que no tienen otra opción que estar juntos, formando parte de una vida petrolera extraña y ajena. 

Parece un grupo homogéneo, pero en la confusión impuesta de viajar codo a codo hacia el mismo lugar en el mismo lugar.

Juntos, reunidos, no necesariamente unidos para un trabajo que nadie eligió gustoso, como se elige una ropa o un menú en el restaurante.

 

 

                                                            1

 

 

 

 

Sin duda que son compañeros asalariados, pero al igual que los parientes, no se eligen, aunque deben convivir y adaptarse, imaginándose compinches seguros en el beso a la botella, compartiendo la comida recalentada, los cigarrillos, las horas largas.

Cercanos y distantes entre sí. Sólo las circunstancias azarosas de sus vidas permiten que se entrecrucen las líneas de sus destinos. Por lo demás, resultan tan distintos cada uno en lo mismo, haciendo lo mismo.

 

 

El vehículo deja la ciudad adormecida y avanza por la cinta asfáltica que sube en ondulaciones hacia el oeste, buscando la meseta. Trepa hacia El Trébol y Pampa del Castillo, hacia El Tordillo o Cerro Dragón; parajes ocultos en el tejido laberíntico de  marcas que cruzan y cicatrizan la amplia aridez patagónica. Recorre perdidos caminos que llevan a Holdich, Escorial, Bajo Oriental, Monte Hermoso, Los Monos, Meseta Catorce, Los  Perales.

Recónditos nombres en el anónimo mapa del sudor.

 

 

                                                                                                              CHUECO   

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                        No siempre es el último en subir al coche del turno, pero ahora lo es, y ya dentro,  entre incómodo y sorprendido pregunta inútilmente:

 -¿Todavía en Meseta Catorce?.                                                        

Inútilmente, como si no supiera que allí estarán por varios días más, quizá un par de semanas todavía. Como si ignorase que si lo pasaban a buscar a  esa                                                     

hora de la madrugada era porque el equipo estaba aún en ese distante y desamparado lugar. O quizá pregunta simplemente para molestar a los otros, en esa forma distraída de ironizar su propia condición de petrolero: gente del subsuelo social que deja el calor de la cama en medio de la noche para desaparecer tragados por la oscuridad, involuntarios prófugos del descanso  viajando a la depresión.

-Qué manera de preguntar al pedo ¿no? -protesta  el Cumpa, esbozando un gesto de querer seguir durmiendo y bajándose el casco desde la visera, cruza los brazos y se arrebuja en sí mismo, la barbilla contra el pecho mientras intenta acomodarse en las reducidas dimensiones del vehículo.

 

 

 

                                                           2

 

 

 

 

-No Cumpa,  preguntaba  nomás,  así  termino de dormir lo que me falta. Y entonces el Chueco ríe forzado, es su gancho que busca la complicidad que no obtiene de esos bultos borrosos, sacados abruptamente del descanso y el calor, sumidos en un sopor iracundo, lanzando miradas furtivas hacia la noche todavía, ensimismados en sus secretos, oscurecidos tras el silencio que sus bocas se  obstinan en callar hasta que algo en común los vuelva a imaginarse compañeros.

                                                               

                                                       

                                                                                                               YANQUI

Parado, al acecho, el bolso a un costado y en el suelo. Mangrullo humano que observa atento y sólido desde la esquina eminente del barrio pobre. Figura oscura, contrastando con el leve aire de la mañana empapada de luz, que llega soleada  de la planicie marina.

Desde la esquina elevada quiere madrugar al turno que viene por él más allá, cuadras abajo.

Parado, de brazos curzados, observa desde ese proletario mirador el vasto paisaje del golfo, la amplia costa que se cierra hacia el sureste en un abrazo de la tierra sobre el agua y en la que hasta podría señalar a Caleta en esa suerte de  mancha blanca de la línea costera lapizlázuli, afinada por el cielo y el mar hasta diluirse.

Desde el coche alguien comenta:

-Seguro que aquel  de la esquina es el Yanqui-come-luche.

-Ni que tuviese ganas de ir a trabajar el chilote.

-Miralo al viejo, parece guanaco macho sacando pecho.

-En pose para la foto.                                                    

Y cuando el maquinista del turno entra al coche, lo reciben con una pregunta más parecida al reproche:

-¡Qué!  ¿te echó la vieja que ahora esperás en la esquina?

-No la huevees viejo, disfrutaba la mañanita.

                                                        

                                  

Viajan, agrupados, codo con codo, codo a codo, obstinados cada uno en su silencio, observan a la derecha plantas ferrosas del desierto, balancines bombeadores con sus cabezas de mula, de cigüeña, de gato, bajando y subiendo reverenciosas. Negros movimientos desacompasados  (como ellos, cada uno en su propio tempo). Máquinas geológicas sufriendo de demencia productiva. Petrosaurios serviles, autómatas bobos ronroneando secretos milenarios.

 

                                                         3

 

 

                                                                                                            MIRADOR

En el asiento trasero del lado de la puerta y contra el vidrio de la ventanilla, la vista oscila inquieta de un primer plano en detalle (segmento del rostro iluminado por el final de la tarde) a un plano de horizonte distante, apaisado, desplazándose tan veloz como inmutable entre las matas espinosas que pasan rápidas al borde de la ruta.                                              

Una fugaz sucesión de postes, oscuras sombras unidas por hilos colgantes que dividen en partes iguales el cielo inabarcable. Los postes se persiguen a intervalos regulares marcando un ritmo, una constante igual al cabeceo de los pájaros mecánicos picoteando frutos geológicos. Irrealidad de un mundo  ancestral resquebrado por signos industriales: delante, a la derecha, subesubesube, bajabajabaja, negras siluetas contra el cielo claro suben y bajan, desaparecen tras el cerrito, y vuelven  a aparecer después de la curva pedregosa pero ahora lo hacen por la ventanilla del lado izquierdo, negras siluetas que bajan y suben contra el cielo azul leche, que bajan y suben, bajan y suben.

Luego, la vista se detiene en la inmediatez del vidrio que refleja  su rostro barbado y el casco de aluminio al que le ha pintado una franja negra alrededor.   La última luz, una línea clara perfilando la meseta, ilumina la mitad del rostro: cejas y barba se pierden en el fondo de la pampa horizontal que se desplaza tan lejana, lejana en su inmovilidad.

El día se apaga hacia el oeste. Un radiante amarillo bronce contrasta con el fondo  violáceo. Y entre el gris amatista del aire y el esplendor de la tierra, el abanico del arcoiris acerca el aroma  de la lluvia, el acorde del tomillo que ingresa leve y juguetón por la ventanilla refrescándole la frente.                                                    

Nadie habla, un cansancio de músculos y de horas los inmoviliza. Cinco son los cuerpos gastados por las maniobras. No quedan fuerzas para perder en palabras. Duermen, entregados, apabullados de horas.

Sueño de asalariados sin sueños, sueñan agrupados; destinos y vidas  entrecruzadas. Reclinados unos en otros, sin más esperanzas que desenfundarse los botines húmedos, transpirados de gasoil, parpadeando el deseo de una cama, lejos de estos estrechos asientos del turno, lejos de esta extraña vida ajena.

Allá afuera, un paisaje errante entra en la oscuridad y se confunde con la de los ojos cerrados.

        

                                                                                  NEGRO SOBRE BLANCO                      

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                              

Las voces y los hierros, los gritos y los golpes ensucian la blancura del espacio inmenso y helado.

A pesar del frío, la nieve acumulada, pese al desgano, montan el equipo con una obstinación de condenados.

                                                          4

 

 

Son cuatro los hombres tirando del cable de acero para tensarlo y asegurar la pluma-torre del equipo.                                                   

Con el cable de acero sobre los hombros, trepan  el empinado repecho.

Encorbados sirgadores esteparios avanzan al grito de:

-¡Fuerza viejos!

Agotados, hundidos en la nieve, persisten tenaces en el esfuerzo:

¡vamos que llegamos! -insisten empeñados y

-¡otro poquito másss!

Resoplando se infunden ánimo con mordacidad:

-¡vamos viejos flojos, que para eso les pago!

Y en el duro yugar, surge de pronto de la memoria (fragmento tal vez de alguna lectura juvenil o de una indeleble imagen de cine) el cántico ritual:

-¡Va-mos-viee-joos, Vol-ga-Vooll-ga!

Y otro, haciéndole un irónico eco:

-¡Fuer-za-fueer-zaa!

Y los cuatro en un tutti espontáneo:

-Vol-ga-Vooll-gaa!

Anónimas voces en cualquier rincón de esa blanca inmensidad helada.

 

                                                      

 

                                                                                                                    GATO

Hablando de nuevos; ¿te acordás cómo se llamaba ese grandote que tomaba gaseosa, ése que duró uno o dos días?

Desde el asiento delantero gira el Gato la cabeza para preguntar al Pato, sentado atrás, las manos sobre las rodillas, como una vieja y casta tía, escoltado por el Cumpa y el Chueco.

-¡Qué sé yo cómo se llamaba!,  le decíamos porteño.

-Vos le decías porteño.  Bueno, lo cierto es que era bastante flojito para la pega ese cristiano.

-Vos también hijo de puta, le sacaste la mierda al novato -reprocha el Pato a su jefe.

¿Te acordás -los ojos del Gato brillan entretenidos- esos días había estado enfermo éste viejo -dice refiriéndose a  Yanqui quien viaja a su lado y escucha en silencio-, y vos Chueco pasaste a maquinista…

-Y yo al piso de enganche -interrumpe  el Pato para completar.

 

 

                                                          5

 

 

 

 

-Bueno, como te decía -continúa el jefe- Yanqui no estaba y nos pusieron a ese nuevo cero kilómetro  che, ¡qué  bárbaro! El primer día nomás tuvo que colear varillas, de yapa, éste -el dedo pulgar de la mano izquierda del Gato señala al Pato-, le tomó toda la crus que el otro traía.              

-No digas boludeces -se defiende el aludido- ése fué el Chueco que es una esponja.

-Y  después -el Gato continúa como si no hubiese escuchado al que se dedicaba a interrumpirlo-, cuando el nuevo fué a comer su sanguchito, estos huasos le hicieron tomar vino. El flaco andaba que tiraba los chanchos.

Y el Chueco que replica:

-¡"Estos”, dice el más inocente!

-Te lo imaginás Cumpa al nuevo -continúa el jefe de pozo- rodeado de estos viejos, borrachos y  tirapedos?; imaginate al porteño, como lo llamaba el Pato, con su viandita nueva, esas bien cerradas…

-Vos hablás de la marmita  –ayuda el Cumpa.

-…y la gaseosa de un litro en lugar del obligado ¡y no permitido tintillo! (dedo índice aleccionador).¡Una vergüenza  petrolera viejo!

-¡Claro! -asienta el Cumpa- una ofensa al honor nacional, a la atete,  asociación tomadores  de tinto.

-Y a la selección nacional, campeona del mundo carajo! -delira el Chueco, mediocampista de Chuteadores Petróleo Club.

-¡Eso!  -confirma el Gato-. El primer día, como te dije, le tocó maniobra. Casi se muere ese tío. Era un chango fuerte, tenía buen físico para burrear.                                                    

Pero al segundo día cantó flor, no se aguantó la bajada de cañería completa. Fue sacar y poner todo el turno. Un pozo de más de dos mil metros. Eso lo mató al vago y nunca más volvió.

-El Gato lo mandó a comer solo -acusa el Chueco como revelando un delito, pero el jefe hace como que no lo escucha y continúa

-Ahí lo tenías al nuevo, con su gaseosa en la mano, la cara toda sucia, toda manchada. Era  el único que estaba enchastrado de petróleo; como todo novato. Ahí estaba el vago, comiendo el  sánguche en la cabina, hecho un asco. Era para tenerle lástima o cagarlo a palos.

 El flaco ése no pisa una locación más en su puta vida. Hay una pausa de silenciosas sonrisas sardónicas. Y bueno, después entraste vos Cumpa. Pero  éste es de otra madera -comenta  como para sí y con cierta satisfacción el jefe, cruzado de brazos  en el asiento delantero del lado de la puerta y junto a Yanqui quien, asintiendo, sonríe en silencio, mirando el camino que viene hacia ellos.

 

                                                         6

 

 

                                                                                                                 CUMPA

 

como esa tarde enrojecida cuando le paré el carro al infeliz que me quiso mandar de mala manera aprovechando de que yo era nuevo en el laburo. Un                                                   

pobre infeliz, un boca de pozo como yo, sólo que con más tiempo en esta basura.  Me trató de inútil o de boludo o algo así y como no estaba para aguantarle nada a nadie, me doy vuelta con la llave treinta y ocho y con toda la bronca puesta le digo,¿qué te pasa a vos?, cruzándonos duro a los ojos, ambos con el gesto rígido y en el rostro desbordando la bronca . En tales momentos la mente es ciega y sorda, se encoje, vuelve al primitivo nido instintivo, pero el cuerpo  sabe, adivina, tiene experiencia, intuye lo que vendrá. La sangre golpeando en las sienes, los músculos en tensión, rápidos, atentos los reflejos, afirmadas y predispuestas las piernas. Furia cautiva, lista

 a emprender un viaje sin retorno si prospera la ofensa, lo que creí en ese momento que era una ofensa. Si, el cuerpo sabe cuando se llega al límite, cuando pisamos el umbral de lo irreversible, el punto ciego de donde ya no se vuelve,la carne sabe del dolor, del grito y de la sangre, más, sabe mucho más que la conciencia. El cuerpo tiene memoria del dolor cuando la mente obnubilada, apagada por la ira se vuelve autista. Mi cuerpo estaba listo a zamparle la llave de diez kilos en esa cara de piojo resucitado. Pero como el otro de adentro adivina lo que sigue en esa centésima de segundos en que el                                                   

acto se pone en marcha, en esas instantáneas y oscuras erupciones del carácter, brevísimo instante pero decisivo en que nos identificamos con el otro

en la violencia, en el grito y el ataque, ese otro en tanto el lugar justo de  nuestra descarga, la continuación del impulso, el tiempo infinitesimal en que el rival no podía ser más que yo, ni yo más que él. Iguales, mellizos en la ira, hermanados en el instinto de destruir al otro, de autodestruírnos, dispuestos a ejecutar sin piedad la venganza por todo aquello que sufrimos, que nos hacen y nos hicieron. Entonces ya no se trata de dos infelices que se putean mutuamente, sino de aquello innombrable donde estamos atrapados y nos supera, ese poder inmenso que no atinamos a clarificar ni sabríamos identificar. Ahí estábamos, parados estáticos, en ese instante eléctrico, un pestañeo, sólo un par de segundos. En plena maniobra de terminación del pozo, enroscando caños con la automática y una vez enroscado se lo ajusta con las llaves de mano 38 o 40, a las que se les agrega a los mangos un suplemento con los que forcejean los dos boca de pozo; ellos dos. Nosotros dos, en esa tarde roja. Están ahí, los dos, y en sus caras está  la implacable determinación, la ráfaga de cólera, el abismo y la furia, toda una agazapada masa de fuerzas dispuestas a estallar en el rostro del otro Estábamos los dos ahí parados, duros,

 

                                                         7

 

 

 rígidos, haciendo equilibrio sobre la ira, al borde del desastre, en el momento previo a lo irreparable. Frente a lo irreparable, como la piedra arrojada, silvando violencia por el espacio y entonces sí, medidas en esa                                                   fracción de segundos las fuerzas del adversario, el rival, casi el enemigo, la tensión se aflojó. Tal vez fuera el orden, el severo, riguroso, internalizado orden represor de las pasiones, o bien la disciplina, propia del trabajo, no  menos  represiva. Pero, por sobre todo, fue el  miedo (porque la carne tiene miedos que la conciencia no se atreve a confesar) el que distendió el débil hilo que estuviera a punto de cortarse  y la maniobra de caños siguió su curso sin más que unos breves instantes de interrupción de los que nadie tuvo noticias. Y  a partir de entonces me comenzaron a respetar.

 

 

                                                                                                               YANQUI

                                                                                                     

¡Qué manera de cansarme ese día de calor!

Rememora el aire nítido y luminoso de esa mañana de verano. Había estado cubriendo con tierra  parecía un gato tapando su cagada  el largo derrame de petróleo sobre el faldeo.

Solo en ese rutilante día, en medio de la quietud del campo, poniendo la nota discordante al palear  metros y metros de esa roña.                                                   

-Estos boludos se descuidaron y se les desbordó la pileta de petróleo, le comentaba el supervisor al acercarlo al lugar, pero vas a estar vos solo porque falta gente.                                                  

Y ahí quedó, en medio del desierto, apoyado en la pala mientras una nube de polvo cubría el vehículo y acompañaba el ruido del motor que se alejaba  ni agua me dejó el concha´i su maire… y hoy va apretar el sol.

Antes del mediodía había terminado y en una mata alta buscó refugio del sol estridente de diciembre.

Sobre la tierra arenosa fuma recostado apoyándose en el brazo izquierdo.

Hay un levitar de cerros oscilando en los confines, un reverbero del campo bajo la luz vertical y el silencio delirante, sin sombras, tan lejano y distinto a su verde natal  sólo que aquí hay trabajo, no habrá árboles pero hay trabajo.

Un movimiento en la quietud terrestre le hizo girar la vista, en el espacio callado, la vida se imitaba en una cucaracha de reluciente negro persiguiendo a otra y dejaban  levísimas huellas sobre la arena caliente

“Ve  allá po Cacho” -la voz chillona de su mujer cuando aún eran pololos.

“Ve y  si consigues buena  pega  yo  iré  pa´compañarte, ¿ah?”

 

                                                          8

 

 

 

 

Qué manera de cansarme ese día que harto le dí a la pala, y después, de yapa “porque falta gente”, reforzando el otro turno porque faltó un viejo. Y eso que uno es duro pa la pega, pero ese día compadre me cansé, pucha que me cansé. Veinticinco años en el petróleo, conozco de pe a pa todos los trabajos y todas las maniobras: anduve en la sísmica, jefe de pozo en la perfo, y ahora de maquinista en el turno de este Gato loco, con todo lo que sé bien podría estar de supervisor.

Pero si me hubiera quedado en Castro -y estos viejos culiaos que me dicen Yanqui de Yanquihue- no sería más que un pobre huaso trabajando pal papeo diario, o llevaría una vida de pescador, deformadas las manos por la artritis, la cara arrugada y quemada por la mar.

Al entrar en el camino de tierra, una metralla de piedras en el piso del coche lo sobresaltó.

Pero qué manera de cansarme ese día; catorce horas bajo un sol de locos, fue para  navidad, sí,  fue antes de la navidad.

                                                    

                                                                                                                                                                                                                                                                                          

                                                                                                                    PATO                                                                                    

-¿Qué pasa Pato que estás tan callado? El aludido, con la mirada perdida en el campo murmura:

-No, -y tras una breve pausa-, estaba pensando en mi primer día, mejor dicho, mi primer turno noche que cuando debuté con los fierros.

Imágenes borrosas de esa noche blanca de invierno. El equipo iluminado como un árbol de navidad,  el fuerte olor a gasoil produciéndome naúseas. Las sombras ¿Qué fue real esa noche, ¿fue?, ¿por qué no puedo recordar  quienes iban dentro?.                                

Ibamos sentados. Sombras agazapadas en el piso de la camioneta, amontonados como bultos sobre la chapa helada. Viaje demencial hacia  la noche. Sombras sin rostros bajo los cascos, ocultos en el silencio, atravesando el túnel de esa noche de delirio. Por instantes alguna luz de no sé dónde ilumina la tormenta blanca y la oscuridad interior, acentuando el peso amenazante de las sombras herméticas, ¿monjes o enmascarados?. Los vidrios empañados por el hielo ¿fue mi sueño?. La espalda golpeándose en las chapas por los barquinazos, los dientes apretados, los ojos bien abiertos, todo el cuerpo predispuesto a captar desde qué lugar llegará el grito, el gesto iracundo que abrirá la puerta de la celda móvil y me arrojará al barro helado del camino, en medio del temporal, la oscuridad, lo desconocido.

 

                                                         9

 

 

 

 

Parecíamos un anónimo grupo de condenados por una absurda sentencia emanada en algún lugar lejano, ignorado, por gente indiferente y ajena al trabajo, pero responsable de esta locura. ¿Cumplíamos algún castigo fatal y gratuito?. Tal vez por ser tan simples, por no saber más que burrear, como esos balancines, día, tarde, noche, incansables. Cargar y obedecer, sumisión y aguante, cargar, obedecer, humillación, aguante, y en esa noche inmensa, inabarcable, me afirmé a esto y lo acepté como un desafío. El árbol de navidad resplandeciendo como faro en la noche helada, como si nunca hubiese empezado, la noche, ni terminase jamás, la noche…Y pensaba: ahí estarás, horas y horas, haciendo un trabajo que nada que ver con vos hasta que llegue el día, si es que llega algún día.

Pero de lo único que me acuerdo es del viaje al pozo en la chata del supervisor, porque el coche del contratista no podía llegar debido a un temporal de nieve. Fue un viaje que se me hizo interminable, íbamos sentados en el piso de la chata en una noche de perros.

Dice, y queda abstraído  mirando  hacia  afuera,  hacia la nada.

  

                                              

                                                                                      GATO versión CHUECO

… él que sube y los caños que se le vienen abajo.

Imaginate -relata el Chueco-, más de mil metros de cañería estaban apilados en los caballetes. Se subió, pero para hacer una broma, un chiste, ¿viste?. (Pero esto no lo comentó cuando le preguntaron en la oficina de personal por las causas del accidente). Y me dice como jugando una apuesta: A que si me subo,

 los caballetes no se aguantan los setenta kilos de este boca de pozo. Y efectivamente, los caballetes no soportaron  sus setenta kilos.

Lo que pasó, es que... estee... bueno, cómo te diría, estaba todo húmedo, ¿viste?, todo empapado por la nevazón machaza que había caído, por eso,                                                 

cuando sacamos herramientas, a él le tocó colear caños y apilarlos en los caballetes; como vos sabés (hace un aparte, dirigiéndose a nadie en especial), es un trabajo donde más vale maña que fuerza, porque hay que dejar que el maquinista termine de levantar el caño que el otro boca de pozo desenroscó con la llave automática, y entonces empujar el caño hacia afuera, hacia la cancha, bajar al piso por los escalones, correr por la cancha con el caño bajo el brazo y depositarlo con cuidado, sobre todo si la cancha está mojada, sino, se te viene todo abajo, ¿viste?. Si el boca de pozo es canchero y ágil, entonces la cosa va rápida, incluso el maquinista lo puede hacer correr como hacía con él -dice, señalando con la cabeza al Gato que viaja en el asiento delantero y escucha en silencio y orgulloso su propia historia.

 

                                                          10

 

 

 -¿Quién estaba de maquinista ese día Gato?

-El Paisa, que ahora está de supervisor en Cañadón Seco.

-¿Te imaginás? -continúa relatando el Chueco, pero sin dirigirse a nadie en especial y a todos en particular-. ¡Qué dupla!, Gato y  yo de boca de pozo,                                               

Pancho, que  ahora  anda de jefe de pozo en el otro equipo, estaba de enganchador, y  Paisa en la máquina. El Paisa  cuando se ponía a hablar de Tinogasta con sus paisanos no la terminaba más.  

Y, bueno, fue cosa de poner el último caño; el Paisa recelaba porque no creía que los caballetes fueran a soportar el peso, y entonces éste -indica con un movimiento de cabeza al Gato que viaja en el asiento delantero y escucha en silencio y orgulloso su propia historia.

-Sí  -interviene el Gato, pero acordate que te tocaba a vos colear caños, porque yo estaba a cargo de la automática, y esa vez te la dejé para que vayas aprendiendo…

-Me la dejaste porque querías entrar en calor moviéndote -interrumpe el Chueco dando su versión.

Como te decía -dice dirigiéndose a nadie en especial-, se subió, pero ya te digo, no sé para qué, por joder nomás. Pero esto, Gato, no lo dije cuando declaré por el accidente en la empresa. Y bueno, se sube diciendo que si los caballetes                                                         aguantaron las toneladas de caños no resistirían “los setenta kilos de este boca de pozo”. Textual macho.

Dicho y hecho, él que salta sobre los caños y las toneladas de fierro que se le vienen encima, y él que alcanza a saltar otra vez pero hacia afuera y queda entonces encajado en el barro,  ¿y no va que un par de caños se le caen encima? -Ahora se ríe con ganas-. Pero lo que me impresionó, no fue verlo tirado, embarrado como un chanco y dolorido entre los caños. Yo me dije; “éste se reventó”. Pero nó, salió rengueando pero muy campante, como satisfecho por                                                    

la cagada que se había mandado. Pero, ya te digo, lo que me impresionó fué verlo saltar al Gato entre las pilas de tubos que se le venían encima. Había que verlo, era para morirse de risa. De ahí le quedó el apodo a esta desgracia,  por ágil  y  sietevidas.

                       

                                                     

 

 

 

 

 

                                                            11

 

 

 

 

                                                                                                               GORDO

 

Los mira por el retrovisor:

ahora duermen como osos, pero ni dormidos parecen pacíficos ni tranquilos, como si no fuesen de fiar. me recuerdan cuando llevaba los presos al penal. pero éstos son viejos que laburan duro… y el mismo trabajo no es para flojos, o te las aguantás o te vas, si con el viaje que hago de ida y vuelta al pozo ya quedo hecho moco, lo que será después de tres y hasta cuatro horas de viaje y después laburar ocho y doce horas en el pozo. no, no es joda, hay que estar aquí para entender a estos viejos hincha bolas, jodones y torpes, simples, directos, buenos para el trago…también, no les queda otra…el turno noche los mata. duermen como piedra, aunque siempre alguien vigila y acompaña al que maneja, como este  Yanqui que a mi lado  duerme con un ojo: “ni se le ocurra Gordo bajar las persianas porque ahí sí que bailamos la refalosa”. pero ahora no es nada, la cosa se pone fea en serio cuando está todo nevado y se forman huellones en la ruta. entonces sí, todos van despiertos con los ojos como el dos de oro, tratando de adivinar algo detrás de la niebla contra la que rebotan las luces del coche. la niebla es una pared que devuelve la luz, que hipnotiza, un muro de neblina abriéndose a medida que se avanza, pero siempre está ahí, no retrocede pero tampoco viene, es uno el que va a ella. ¿y cuando cae la nieve?… cortinas de copos flameando, girando en el vacío, rotan y rotan, hipnotizado por oleadas, oleadas que vienen, llegan en círculo, todo un cielo blanco que se desploma en  espirales alucinantes, una plaga de insectos de hielo arremolinándose, vienen y vienen y es como un mundo que a uno se le viene encima, es  entrar en una inmensa hélice que te arrastra  hacia adelante, atraído y entregado hacia ese vértigo que desemboca en el choque, el vuelco o la propia muerte...pensando en la nieve.. .esas nubes negras…hum, qué mal te veo, en una de ésas se larga a nevar nomás…

 

.                                                                                             

                                                                                                                   FOTO

Ese día lo recordarán sólo por la foto, después del temporal blanco, cuando un sol tibio en el cielo despejado componía un paisaje traslúcido y sereno. Gracias a la imagen fotográfica recuerdan haber regresado del pozo más temprano que de costumbre, pero Yanqui, más memorioso, puntualiza: no, no salimos antes del pozo, lo que pasó es que andábamos en el turno noche y al regresar, ya era pleno día ¿no te acuerdas?

 

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-Tiene razón -interviene el Pato-, y ésta -el dedo en la foto que el otro sostiene- es la bajada de La Germana, ¿no ves que estamos en la ladera?

(Un grupo de fugitivos deteniéndose en el retorno a casa ; el Gato con casco, el Cumpa y el Chueco en cabeza, Yanqui y el Pato con sus gorros de lana, éste último distraído mirando la lejanía. Sólo uno de ellos sonríe desde la pendiente                                                                                            

nevada, los otros miran la cámara con que les apunta el Gordo. La escena no es alegre, aunque podría ser entretenida. En sus caras está aún el olor a la fatiga y el peso de las horas.

La escena transcurre en el vacío intermedio del trabajo a la casa, donde cinco figuras intentan componer un relajado ambiente turístico, sólo que sin la despreocupación de los que gastan sus ocios en las montañas. En realidad es un grupo de petroleros captados en el intervalo blanco después de “sacar las ocho”; en ese indeterminado espacio de sus vidas en que abandonan los fierros con satisfacción y alivio, sintiéndose desahogados y libres. Pero ahora, desde el verano, observan esa imagen de invierno, miran sus propias figuras suspendidas sobre la nada, bajando una invisible rampa blanca y se miran extraños. Ahí han quedado, estáticos, bajo la luz de la mañana  fulgurante, cubiertos por una luminosidad de espejo que les rebota en los rostros, sacándolos de sus penumbras y sombras habituales.

Sin lugar a dudas que son ellos, ahora, entonces y para siempre, haciendo de petroleros, sólo que sin el rostro cotidiano del cansancio y el gusto nauseabundo de los gases geológicos, sin el riesgo permanente en cada maniobra, sin la mirada furtiva en dirección por donde aparecerá el turno; ese momento de nerviosa, casi angustiosa  expectativa  ante la vista del vehículo                                                        

que los viene a librar del entierro, aunque nadie podrá sacarlos de la honda depresión de sus anónimas vidas. Pero también, sin la trama solidaria de aquellos que, trabajando juntos, lejos de todo y de todos, compartiendo por igual lo indeseable,  arman esa camaradería que se gesta sólo en la adversidad.

Envueltos en una luz irreal, como de otra vida, de otro tiempo -tal vez por eso la extrañeza de los mismos actores- como si sospechasen  (que en algún                                     

momento de sus existencias dejaran de estar juntos, de trabajar en lo mismo, de ser incluso contemporáneos entre sí, al haber desertado de la vida alguien del grupo, convirtiéndose en un hueco, una ausencia nombrada) que alguien -no precisamente ellos-, en otro momento y lugar vuelva a mirar ese grupo que viene “como bajando la colina”. Extraña luz que los quita de todo pozo y olvido, que los libera de una siniestra maldición oculta, fundiendo sobre la nieve su ignota condición de hombres pobres, sin más capital que una tozuda voluntad de aguante, de persistir.

 

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Gente de abajo, simplificando la vida para hacerla más leve, que “en este trabajo -dijo el Chueco-  más vale no llegar a viejo”

La imagen que se pasan unos a otros oscila en un instante del presente al porvenir, y en tal no tiempo, se distanciará -la imagen- del momento que                                               

refleja, hasta llegar a ser sólo “un grupo anónimo de trabajadores petroleros” contra una inmaculada pared de nieve)

Sí –dice el otro- es la bajada cerca de Cerro Dragón.

                                                                                                                                                   

                                                                    

                                                                                             TRECE DEL DOCE                                                                                              

-Donde veas un diariero pará, Gordo -dice una voz adormilada desde el asiento trasero.

La ciudad despierta con los últimos silencios de la noche y el canto de los canillitas.

Cuadras más abajo les llega el tono borreguil del diariero:

-“Diaariooo-diá;  diaariooo-diá”.

El coche se detiene y un leve polvillo oro se eleva de la tierra seca y gredosa envolviendo la menuda figura.

-¿Uno? -pregunta el chico.  Y luego de cobrar insiste:

-Déle don, cómpreme también el otro diario, si ustedes son muchos –regatea y   ofrece el otro matutino de la ciudad que el chofer termina pagando y lo despide:  “Tomá pibe y no hinchés las bolas”.

Sobre la palma chiquita y  sucia de tierra seca y letras frescas, juegan monedas de yapa para el cantor de madrugadas.                                                

Y si alguien de los obreros volviese la cabeza y mirase hacia atrás, vería al canillita contando el dinero escoltado por sus perros, esos cálidos amigos de  noches heladas, lazarillos fieles en las crueles alboradas de los umbrales.                                                    

Pero el coche ya se está alejando y nadie mira al diariero porque la vista y la atención está puesta en los titulares:

-Así que hoy es el día del petróleo. Mirá  vos ¿no?,  pero ¡quéeeinteresaaante cheee! –ironiza el Cumpa leyendo la primera plana.

-Y bueno, qué le va a ser, será el día del petróleo pero no del petrolero -intenta el Chueco una explicación resignada.

-Pensar que este día lo festejan los que no tienen la más puta idea de lo que es el petróleo. –Y en la expresión del Gato asoma el rencor del que tiene que trabajar mientras en el pueblo descansan y festejan. Entonces Yanqui sentencioso:

-Dicen que el trabajo de uno es el descanso de otros.

 

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Y el Cumpa: decí mejor, el trabajo de muchos es el descanso de pocos

-El mundo al revés; nosotros al trabajo y otros ¡meta-vivir-nomás! –dice el Pato, cruzado de brazos en el asiento trasero y arrinconado contra la puerta mientras mira sin comprender la radiante mañana de diciembre. Y ese rostro es todos los rostros.

                                                    

                                                                       

                                                                                                                CUMPA                        

“¿Sabés lo que somos nosotros?” -preguntaba el petiso de barba…

¿cómo se llamaba…? en fin, no importa. Allá estábamos los dos, bajo un calor infernal, haciendo pozos para postes de luz en el mismísimo culo del mundo. Ocho horas a pico y pala, los dos, en ese lugar que no existe, sudando la gota gorda, con  los mamelucos arremangados, anudadas las mangas en la cintura, a cuero pelado.

El petiso fue a buscar el bidón con agua que estaba tibia, llenó su casco y se lo puso. La lluvia le recorrió todo el cuerpo, respiró hondo y me hizo la pregunta, sin contestarle imité su gesto, llené el casco y me regué el cansancio.

" Esto somos” -dijo, girando sobre sí mismo en un círculo completo, los brazos extendidos en cruz, recorriendo con la mirada la interminable y monótona línea horizontal de la meseta, y al finalizar su vuelta teatral y casi grandilocuente: “Nada”, dijo, y de manera irrevocable definió: “Somos el último orejón del tarro, viejo. Sí, y aquí estamos, burreando como negros, tirados como basura…”

-Abandonados -intervine de  puro aburrido.                                                     

-Si -y descansando en el mango de la pala continuó- ¿sabés que ésa es la sensación que tengo cada vez que me dejan acá?.  Estamos como huérfanos, dejados en medio de todo esto que es más o menos estar en medio del olvido.                                           

 Dijo: “en medio del olvido”, y no me olvido.

-Sí  -repetí- eso somos, los últimos orejones del tarro.

Sólo nos queda yugar, como esas tres cabezas de mula. El yugar interminable. Por la curva  ripiosa  no se ven. Ahora sí, las cabezas levantadas que toman impulso para bajar, cabezas inclinadas, humilladas, bombeando gelatinoso oro hediondo, serviles rogando hacia arriba, aplastando hacia abajo. Chupando la crema de los tiempos, bombeando  y bombeando riqueza color mierda, viscosa, maloliente.

                                 

                                  

 

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                                                                                                                TODOS

                                                                                                                 (allegro)

                                                                                                                                                       

                                                                                        

-¿Y el Chueco? -pregunta el Gato y le contesta el Gordo:

-El Chueco me habló por teléfono, dice que lo pasemos a buscar al Edén.

-¡Ese Chueco, carajo! -hay  un tono de orgullo masculino en el jefe de pozo.                                        

-El vago cobró y  se fue a mojar -supone Pato-, si descargó todo el queso hoy va a andar livianito. 

Comentario de Yanqui: Mas mejor que no haya maniobra sinó, hoy se muere mi bueno. 

-No sé  -sospecha el jefe- pero el enganchador va muy seguido al Edén, para mí que tiene algo seguro ese hombre.

Al entrar el Chueco al coche, dice algo parecido a un saludo y se acomoda en el asiento trasero haciendo correr al Cumpa quien hasta ese momento no había abierto la boca.

Entonces su compañero de asiento le inquiere:

- ¿Y, más livianito ahora, hombre de la noche?.

-Hecho mierda, Cumpa -dice cruzándose de brazos y arrebujándose contra la puerta.

-Pero el calabera no chilla -le recuerda el Cumpa.

-Seguro que me mandan saludo esas madres…

-Sí Gato, sí, de acá -responde el trasnochador tomándose con las dos manos la entrepierna. Y el Gato le retruca.

-De  ahí  ella me extraña

La ocurrencia del jefe es festejada por un coro de risotadas mañaneras.

-Andáaaa, Gato envidioso -insiste el calavera tocado- si el que estuvo ahí  fue éste -dice, volviendo a repetir el gesto.

Y aunque prenda un cigarrillo inundando con el aroma rubio el interior del vehículo, su aliento sigue oliendo a alcohol y de su cuerpo aún  emana la oscura y sensual  mezcla de perfumes y goces consumados 

-Si, bueno, pero no me dijiste cómo está esa madre; no querés largar prenda, Chueco puto. -Insiste el jefe del grupo queriendo ser cómplice de algún destello de la noche del enganchador.

-La verdad la verdad -balbucea soñador, satisfecho, nostálgico, placentero, cansado, entabacado, relajado y perezoso- que la noche se me hizo corta.

Y  Pato, curioseando entre los pliegues de la lascivia grupal, saborea una efímera migaja libidinosa:

-¿Cuántos te echaste  macho? -recaba engolosinado-, si es la que conozco, a ésa: tres sin sacar. 

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-¡Que hacís, gran campeón macho comodorense! –festeja Yanqui. Y en el tumulto creado por el alarde del boca de pozo, el Gordo que interviene:

-Che, ¿hablan de la pelirroja que está buenaza?, ahí sí que hay de dónde agarrarse -el chofer ingresa interesado en la charla, no vaya a ser que los otros crean que no conoce la noche. Pero el calavera, que trae consigo fresco aún los sabores del placer, se siente aludido y le responde contundente:                                                       

-Y  de quién  otra huevón, si no es de la  reina del Edén.

-De la cama, dirás mejor -replica jocoso el Gordo.

-¡Ah picarón, vos también anduviste por ahí, no?

-Bueno, no, pero se dice…

-Y a vos por supuesto se te caen la babas -torea el Pato desde el asiento trasero.

-Y a quién no, macho, si tiene un orto espectacular!

-Bueno che, ¡basta! -interviene Gato haciendo valer su jerarquía de  jefe de equipo, tal vez para aventar el nudo ciego del deseo despertado e insatisfecho- Dejemos a las minas tranquilas porque nos vamos a ahogar en leche, manga de cogedores.

Y otra vez el festejo de los secuaces solidarios en el placer ajeno.

En el vehículo que se aleja con la noche, cinco viajeros comparten la metáfora de la pasión sensual reprimida.

En un rincón, el calavera cierra los ojos y vuelve a las horas incandescentes que todavía lo entibian. El sólo pensar en ella le produce un plácido ronroneo en el bajo vientre insinuándose en una lánguida erección. Pero el lugar no es el más propicio para ensoñaciones lujuriosas, por eso trata de no pensar en ella, de cerrar esas imágenes de la mujer.

Mientras, afuera, el pulso de la noche que huye se transforma en el pulso del día que regresa.

 

                                                    

                                                                                                                CUMPA                

                                                                                             

Dejó que se alejara un par de kilómetros el camión que transportaba la pluma del pulling;  sólo entonces se puso en marcha.

Habían convenido que el supervisor conduciría el equipo hasta la base en Comodoro, mientras él lo seguiría en la camioneta. Dado el peso del equipo -lo veía alejarse, balanceándose como un elefante por las irregularidades del camino- el viaje les llevaría entre cuatro a cinco horas.

 

 

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Ahora, viajar solo le resultaba una suerte de paseo, un anuncio de descanso, era dejar de pronto de pertenecer a esa maquinal vida de horarios, de órdenes, de obligados compañerismos, era también salir de la incertidumbre si continuaba o no en el trabajo.

Manejó sin pensamientos por la interminable picada, escuchando radio, dejándose seducir por la soledad y la solemne quietud agreste de los campos que cruzaba.

Aún le resonaba la charla con Julio la noche anterior en el pozo. Verlo a Julio bajar de la chata -atendía un equipo de perfilaje- fué reencontrarse con un                                             

amigo muy querido después de tantas cosas que pasaron. Sintió una alegría que lo llevó a otro tiempo, una alegría de otros tiempos en que todos buscaban un tiempo mejor, cuando mirándose a los ojos y sin miedo, desplegaban francamente sus ideas.  Ahora estaban cerrados cada uno en sí mismos, exiliados internos, con las ideas perforadas, desconfiándose los unos a los otros.

Pudieron hablar tranquilos casi toda la noche en que duró el trabajo final del pozo.

Se preguntaron por la familia de ambos, por los cumpas de otros tiempos y tantos desosiegos y coincidieron, una vez más, en que la noche en la que estaban todos, duraría más de lo esperado.

-Ahora hermano -le decía Julio antes de despedirse- hay que cuidarse de hablar como en una cárcel, en todas partes tenés informantes.

Verlo al viejo compañero y amigo, fue como salir a la superficie y llenarse los pulmones de aire puro, un signo, una señal de que mientras hubiera alguien más resistiendo, aunque sólo sea con ideas, no todo estaba perdido. De pronto le asaltó una sensación de luctuosa tranquilidad, de cielo negro de tormenta, de aire helado y perverso. Intuyó que algo horrible había sucedido cerca de su                                                  

vida; como que lo había rozado un podrido gusto a muerte, a claustrofobia       

colectiva sin que esa vorágine maligna lo hubiera alcanzado directamente, dejándolo en cambio como perro acobardado por la crueldad del amo.

Manejó durante largos momentos en atento silencio tratando de captar aquello invisible que lo invadía, que venía de lo temido sin lenguaje molestándole el cuerpo, una suerte de picazón psíquica. ¿Había realmente pasado la muerte (porque era sin duda la muerte) tan cerca de sus días sin que él lo notara?, ¿o el instinto de conservación le había ocultado lo que sus sentidos, su intuición le descifraban?. Ahora era como volver de una pesadilla.  Respiró hondo y exhaló con fuerza, sintiéndose libre del sentimiento de congoja.

 

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Algo se terminaba, aunque no podía saber qué era.  Una honda pena y una exultante alegría lo conmovió. Se producía en su interior un contradictorio como indisociable oscilar de estados de ánimo que  lo quitó de su yo y lo hundió en su ser esencial.

Había llegado a un punto terminal que era un comienzo. Tocaba fondo y salía a la superficie. Supo, por primera vez en sus 33 años del milagro de estar vivo.

Y entonces rió. Una fuerza conmovedora le vino de las entrañas nublándole los  ojos , y borboteó una risa liberadora de miedos y de duelos.

Manejó durante un rato conmovido y embargado por esa  iluminación.                                                        

La pregunta  llegó sola:

-Vivir, si, ¿para trabajar hasta embrutecerse sin posibilidad de reclamar en este país mordaza y miedo, cumpliendo condena por pensar, conviviendo con la sospecha, la delación...?

Buscará minuciosamente una respuesta sin justificaciones tramposas, ni salvavidas piadosos. Disminuyó la velocidad del vehículo para cruzar un guardaganado antes de entrar al asfalto. Entonces se preguntó porqué la vida debía tener un porqué, una justificación, un sentido. Puso segunda, aceleró el motor pero de inmediato debió frenar hasta casi detenerse; allá delante, por la picada, cruzaban martinetas con sus pichones, buscando apresuradas un refugio  entre las matas al borde del camino.

Vivo -escuchó su voz monologando en la cabina- eso es lo que importa.

Y esa verdad desamparada era un comienzo.

 

 

 

 

j.a.u.     

 

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