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volver Las ruinas de viejos poblados
Por: Alejandro Aguado (texto y fotos)

Nota publicada originalmente
en el sitio web:
Sitio Al Margen
(2001)








El antiguo juzgado de paz de Alto Río Mayo














Las ruinas de la antigua
escuela de El Coyte







Observar las ruinas de viviendas fallecidas a la vera de viejas ruta de tierra no produce gran cosa. Como en general transmiten una imagen triste de muerte y olvido, el viajero opta por la indiferencia. Como mucho, puede llegar a detenerse algún automovilista para tomar mate al amparo de algún árbol solitario, o bien ser visitados por un camionero para recuperar horas de sueño perdido. En su mayor parte, fueron boliches que nacieron de la necesidad de refugio y aprovisionamiento de los viajeros que se aventuraban en las desoladas distancias patagónicas. Cumplieron su función con creces, y algunos llegaron a ser importantes puntos de confluencia. Sucesivos cambios como la mejora de caminos, su alejamiento de las rutas asfaltadas y la aparición de vehículos capaces de recorrer grandes distancias con mayor autonomía decretaron su extinción. Existen varias características que son comunes a todos esos despojos del pasado rural: un pelado playón de canto rodado que se extiende hacia el frente de las construcciones; bases o partes de paredes semiderruidas de lo que fueron las viviendas; postes de madera y retazos de tiras de los alambres de los cercos; árboles con la corteza medio desgarrada, que se extienden alargando su cuerpo y sus ramas orientadas hacia el este de tanto ser violentados por el azote del viento; botellas y frascos de vidrio y cerámica que dejaron de comercializarse décadas atrás; latas oxidadas de todas las formas y tamaños; y, de vez en cuando, tumbas resguardadas con artesanales cerquitos de hierro forjado o identificadas con cruces de madera a medio pudrir. De los sitios menos afortunados no perdura ni la memoria de sus nombres. Según pasan los años, en una incesante labor destructiva, el hombre, la naturaleza y el clima van borrando los escasos vestigios que quedan.El corredor que se tiende entre la cordillera y la costa de la Patagonia central, que abarca el sur de Chubut y el norte de Santa Cruz, concentra la mayoría de estos lugares. En la costa alguna vez recalaron barcos en Puerto Visser, Puerto Mazaredo, Cabo Blanco y Bahía Laura.Hacia el interior, diseminados entre los cañadones que se abren hacia el mar y las mesetas del centro del territorio, se encuentran los rastros de campamentos petroleros, poblados que desaparecieron junto con el levantamiento de los ferrocarriles y parajes que murieron al perder importancia las rutas que les dieron vida. Ellos son: Manantiales Bher, los dos Escalante (el campamento petrolero y el paraje ferroviario), Cañadón Perdido, Campamento I, El Trébol, El Tordillo, Holdich, Cañadón Lagarto, Parada Km 162, Colhué Huapi, El Quemado, Mata Magallanes, Paso río Guenguel, Las Pulgas, Paso Moreno, Pastos Blancos, El Shaman y El Coyte.Todos ellos contaron con boliches, hoteles, comercios de ramos generales y destacamentos de policía, con el asentamiento permanente de familias y, en algunos casos, escuelas. A los campamentos petroleros se les sumaban clubes de fútbol que participaban de la liga zonal y líneas de colectivos que los comunicaban diariamente con Comodoro Rivadavia.Un obitaurio demasiado amplio para una región de población escasa. Todos ellos son ni más ni menos que los testimonios que denuncian que Patagonia es la promesa trunca de lo que pudo ser. De una realidad de poblados desfallecientes; de una historia forjada en base a pérdidas; de economías de supervivencia o sobrevivientes; de depredación de recursos naturales; de realidad forjada en base a una suma de indiferencias, entregas, abandonos, olvidos, ignorancia e inoperancia. Pese a ello, los patagónicos nos libramos de la melancolía, porque desconocemos nuestro pasado y no somos conscientes de esa realidad.

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