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AILIÑ, ojos de almendra
Por: Angel Uranga

 

    

                                                                    “Lo más profundo es la piel”

                                                                                                               Paul. Valéry

     

 

 

 

El viejo explorador está agotado, lleva varios días que parece otra persona, que actúa distinto, se lo desconoce. Sucede que hace un tiempo a esta parte, los recuerdos se le han hecho cansancio.

A su gastada memoria regresa insistente la antigua y virgen geografía recorrida hace tantos años; aquel vasto territorio retorna perseverante y sólido, como entonces, a ocuparle su mente, a fatigarle otra vez el cuerpo.

Son muchas las noches en las que despierta y permanece en caótica vigilia de incontables horas habitadas de imágenes. Ah los viejos y contumaces recuerdos que se agolpan insistentes reclamando su voz.

El veterano viajero del sur no tiene un confidente, alguien de suficiente confianza para volcar en él ese pasado que lo desvela, en especial cierta historia del pasado con su inconfesable secreto.

Por fin, una tarde, decide trasladar a la letra los fantasmas recurrentes que lo abruman. Y en una libreta de tapas oscuras comprada hace unos días, vuelca las amarillentas páginas, escritas entonces a lápiz con letra casi ilegible su  Diario de

Exploración por aquella tierra tan lejana en el tiempo como de este rincón europeo.

 

Escribe, y al transcribir las ajadas páginas, reescribe el viaje más allá del laconismo de las notas o las improvisadas líneas escritas sobre la marcha, para elaborar su novela personal, la propia versión de su deriva por el Sur.

Intuye, y su intuición es casi certeza, que al transcribir los veinte años por el duro territorio austral, suscribirá igualmente el término definitivo de sus viajes.

Escribe entonces, y en desconocida exaltación memoriosa, intenta recrear un tiempo lejano que se le escurre de la memoria. Escribe, lo hace a toda hora y en cualquier lugar. Es una erupción de voces que sólo acallarán al ser escritas, Anota, corrige, pasa en limpio. Escribe de noche como de día, escribirá en la cama; sobre la mesa de la cocina escribe con manía narradora. Al caminar por las estrechas calles de su antigua ciudad natal se lo puede sorprender apuntando alguna anécdota, una palabra, rescatando una fecha; o bien, en plena conversación con sus amigos, hará un aparte, anotará una idea, un nombre, una frase y regresará satisfecho a la charla en común.

La lejanía –anota-, la voz de la lejanía es lo que me impulsa a escribir.

Sin duda que es la distancia; y la edad, que también es distancia me llevan a revivir aquellos días de mi vida.

Escribo –escribe-, para rescatar lo que el olvido quiere de sí, Escribo para volcar la intransferible parte de mi vida de la que nadie podría sustituir. Lo hace para cubrir un vacío, una ausencia, y porque no deja de añorar ese país lejano al que sin que lo convoque insiste en estar todo el tiempo en su mente. Me descubro imaginando sus dilatados cielos de horizontes interminables que limitan lo ilimitado. Me siguen sus silencios. Y en ese ámbito antiguo y severo, su gente: silenciosa, oscura, sufrida; rostros de esfinges, humildes sombras de esa geografía implacable.

Bajo esta impresión cubrirá páginas y más páginas de letra menuda y nerviosa, demorándose en los viajes y exploraciones en el sur del Sur.

Ahora compruebo que escribir es también viajar, una busca de lo desconocido y de lo oculto que nos está aguardando en algún lugar sin nombre. Un viaje es un deseo particular, la porfía de echar luz a nuestros ocultos senderos, a nuestras ansias inconfesables, a nuestras hambres.

Con letra menuda, sin descanso, narrará su llegada al país austral junto a varios de sus paisanos, inmigrantes como él y contratados por una compañía inglesa.

Relatará su sociedad con colonos galeses para establecer en algún valle fértil una nueva colonia que transforme y eleve sus vidas. Y en busca del lugar adecuado efectuará el viaje.

Narra de ese peregrinar su encuentro con quien fuera soberano de aquel vasto territorio, el cacique Valentín Saihueque (el viejo explorador escribirá “Saioweque”), admirándose de la modestia del gran jefe manzanero, sereno y fuerte, de cavernosa voz, de su porte y presencia y cuyo magnetismo arrastró la voluntaria obediencia de tantos hombres valientes que sucumbieran defendiendo la Mapu, su Madre Tierra.

Tendrá largas conversaciones con el lonko mapuche, entonces desterrado de su solar natal por los conquistadores de quince mil leguas pampas. En su obligado éxodo, Saihueque busca una buena tierra; no la tierra arisca y prieta que le quieren dar, sino una tierra amable y dócil a las solicitudes, que dé satisfacciones y tranquilice el tiempo gris de la caída de su gente ya condenada.

Relatará el encuentro con otros jefes como el cacique Kankel (que escribe “Canquel”), quien le contará acerca del temido como famoso bandido Ascencio Brunel, de cómo escapó de Rawson en las  propias barbas de la policía; de cómo robaba caballos para comerle sólo la lengua; que siempre se le perdía a sus perseguidores en huidas vertiginosas, inconcebibles; que secuestraba chinitas en edad de merecer, raptándolas al galope, devolviéndolas a la tribu días después, y que ellos, la gente del cacique terminaron por matarlo. Le contará Kankel. Sin embargo, con el tiempo el explorador se enterará que el famoso y temido seguía siendo perseguido por toda la Patagonia en una fuga veloz, interminable.

Participará invitado a un Gran Parlamento de los pueblos mapuches para elegir al Lonko, es decir, al jefe mayor de esos nómades que nunca supieron de órdenes y mandos mas que de su libérrima voluntad de vagabundear.

Después partirá hacia el sur.

 

Así es como los primeros días de marzo retorna a Gualjaina (“Walkaina” escribe), donde había dejado su carro y acompañantes. Asiste a un Camaruco, llega al valle de Tecka, cruza las faldas del cordón del Putrachoique  (”Petrochoique” en su grafía) y días después arriba al río Senguer habiendo pasado previamente por los toldos del cacique Quilchamal en Arroyo Verde, y tras explorar un valle, vuelve rumbo norte por un camino a través de una extensísima meseta baja –un mar verde- aclara, una suerte de oasis en el desierto castigado por las fuerzas heladas de los vientos, llegando a Pastos Blancos

En este punto se detiene, es decir, se ha detenido en ese tópico de la escritura que coincide con el lugar de sus recuerdos.

Y si al Parlamento indio llevado a cabo más allá del Nahuel Huapi, del otro lado de la cordillera, fuera obstinadamente invitado, aquí, en Pastos Blancos, otros motivos muy distintos del objeto de su viaje lo llevarán a una estacionada fascinación que le demandará casi una semana.

Es cierto, se ha detenido, no sabría cómo continuar, está como perdido, tropieza, duda en este insólito camino por el lenguaje.

Le resultará dificultoso describir esos días y las emociones vividas sin que la memoria se evapore en el intento. Por momentos tiene la convicción que aquellos sucesos: su llegada a la Patagonia, el trabajo en la compañía ferrocarrilera y la asociación con los colonos; el viaje con sus idas y vueltas, la elección del lonko mapuche en el Reloncaví, las comilonas y borracheras consiguientes: no serían más que el prólogo de una serie de hechos y acontecimientos confluyentes a ese (a este) momento y lugar donde se encontrará con aquella figura afiebradamente evocada.

Habrá entonces en su vida un antes y un después del descubrimiento, del contemplar seducido aquella que lo dejó tan azorado y alegre como acongojado también en un revuelo de emociones y sentimientos que sólo ahora, que vuelve a remover las cenizas en el repaso de las hojas amarillentas, de escritura rápida, improvisada en la vieja libreta, percibe con nitidez y puede, a la distancia, con cierta objetividad, definir como un amor.

Pero al intentar trasladar las antiguas vivencias, nota que el acontecimiento, el acto puro es indefinible y único, que no podríamos más que describir meras apariencias, las sombras paupérrimas que nos acerca el recuerdo.

Percibe que el lenguaje es un pálido fantasma de las cosas, y se pregunta entonces, ¿con qué términos describir aquel caldero azaroso, innominado que lo abisma?

Pese a las dudas, el viejo explorador retorna al escrito, su nuevo desafío; que si algo enseñáronle los viajes será a ser paciente y perseverante como el agua

Continuará por la letra para detenerse en esa breve semana de abril y en la evocación de aquella presencia que considera casi milagrosa. Al llegar aquí algo sorprendente se despierta en su interior. Un antiguo fervor le recorre el cuerpo, es una turbulencia que desequilibra su vida, sus horarios, sus hábitos; una conmoción que, sin embargo no afecta su exterior, ni será tampoco su mente la perturbada, ni las enflaquecidas y blancas piernas ya sedentarias, ni interrumpe el pulso de sus huesudas y manchadas  manos de viejo.

La afección en cambio acontece en el sentir. Un antiguo fervor le recorre la piel interior, un fluir, que emanando de las profundidades del cuerpo lo trastorna y hace vibrar una dimensión de sus emociones. Hay un palpitar que lo turba, lo deja ingrávido, sin tabla donde dejar de naufragar que le abre la puerta a una olvidada experiencia nativa. Un estado del que no sabe no puede ni quiere reponerse, por el contrario disfruta de ese nuevo estar de hormigueante nostalgia, de agradable zozobra, sorprendiéndolo como entonces.

Él a llegado a la verdadera raíz de su letra.

 

Vuelve el espacio y el tiempo cubierto por la figura emanada del propio desierto, cuyo resplandor persiste indeleble por los años y continúa en esta otra geografía tan extraña, tan lejana. Un lugar y un tiempo que ocupa todo el tiempo y el espacio de su vida, como si su vida anterior a ese momento confluyese, justificase y adquiriese sentido por esos fugaces seis únicos y excepcionales días de otoño; como si todo lo acontecido después de aquellos veloces momentos fuese un alejarse no sólo de aquel ser, sino del sentido de la existencia que ese ser le mostrara. 

Por lo tanto escribe, pareciéndole que en cada palabra y en cada frase que agrega a la página en blanco fuera recuperando lentamente los perdidos momentos. El papel, la tinta oscura sobre el papel blanco, la oscura humedad de la tinta marcando, señalando, nombrando el lugar, el transcurrir, la fugaz duración, el rostro de su añoranza. Sólo en la escritura vuelve a estar otra vez ahí;   y otra vez, como entonces, vuelve a inquietarse el ánimo

El lugar, imaginado ahora, bordeado por lejanos horizontes y mañanas frescas, y el presente lugar de la letra, que en un intento simbólico trata de conjugar verbo y vivencia, se superponen hasta parecer una sola imagen activa.

 

 

Describirá entonces su llegada a Pastos Blancos deteniéndose cerca del  lugar donde se asienta el cacique, señor de seis toldos en una delicia de aguas surgentes.

Aquí transcurrí los días desde el 23 hasta el 29 –escribe-. Y ahí, en ese lugar donde se detuviera, ahí mismo detiene su pluma y sus recuerdos, libre ya de cualquier otro motivo y mudanza. Sin embargo, bien lo sabe, ya no es ni podría ser el lugar ni el paisaje, tampoco el aire ni el mismo tiempo aquel, menos aún la emotividad de entonces. Es, en cambio, este irrefutable tiempo de cabellos blancos en que memora aquella intensidad lejana.

Con melancolía el viejo comprueba que el tiempo vivido no es más que una molestia en los riñones, un vértigo bordeado de imágenes recurrentes, ni todas buenas ni tampoco malas; un susurro abrumador, al que se entrega para querer recuperar, en la letra, lo irrecuperable en la vida.

En ese inquieto mar de revueltos sentimientos, el viejo tiene un instante de inquietud al preguntarse: toda esta erupción sentimental ¿a qué se debe?, ¿será consecuencia de los años, se trata de un inconsciente reproche por no haberme quedado allá?,¿este enjambre de recuerdos, esta embriaguez del corazón, es el último resplandor antes del ocaso?

Vivo en entresueño este momento y no quiero perderlo, no quisiera perderlo.

Un recuerdo de miel y cenizas es tu memoria.

Y es como si iniciase otro escrito, una suerte de epistolario sin destino.

Ha abandonado el estilo seco y sin adornos del Diario de Exploración para confesar a la página lo que siente su pecho. Se confiesa y escribe: 

Hay un tiempo de silencios y de viento que te borra el rostro, y tu nombre y tu figura es una nube que se disuelve alejándose de mí.

Tu nombre Ailiñ, tu transparencia... Llevo la marca de tu cuerpo en mi alma solitaria.

Es decir; escribió su corazón no su conciencia domesticada por una moral que rechaza esa insensatez, ese vicio o como se llame la flama que lo arrebató y que lo enajena aún ahora tras tantos años de aquella erupción, cuando se suponía, el supone, que dado el tiempo pasado, la distancia, los compromisos sociales o el fatal olvido pudieran apaciguar y enterrar esa imagen que lo sigue y lo persigue. Una locura tal jamás hubiera sido aceptada por la sociedad. 

Así y todo, el no olvido retorna insistente como una idea fija, compulsiva y tenaz.

El viejo explorador borronea sobre las breves hojas de su libreta:

Te busco y te encuentro oculta en los recuerdos más agradables y felices, y de esa opacidad te extraigo para volverte a la vida. Vuelves, convocada para ser otra vez poseído por vos.

No sabría explicarme –se sorprende en pleno lirismo-, por qué, cuando florecen las lilas me acuerdo de ti, Ailiñ, si no son esas las flores de tus valles.¿Será que el aire de esta primavera sabe a tu cuerpo?

Ha de ser que confundo abril en Pastos Blancos con este abril italiano; siendo allá el otoño y con vos la primavera.

Y al resguardo del recuerdo que le abrigan los años, escombros de una existencia a la que intento poner vanamente en orden: porque el orden que ahora escribo no podría ser nunca aquel maravilloso desorden que viví.

 

Pastos Blancos no era más que un lugar de paso para el explorador que, entonces, no llegaba a los cuarenta años.

Pensaba Ailiñ, detenerme en tu aike no más de un día, ya que nada podía retener en ese lugar al viajero en busca de un valle a colonizar; nada,  salvo esos ojos de almendra de la hija del cacique: Ailiñ, la de la mirada curiosa y cuerpo florecido.

 

Pero cuando tu padre, el cacique, nos invitó a su toldo y presentó a la familia y por primera vez te vi, y si bien llegabas precedida por la fama de tu belleza, algo dentro mío dijo que me quedara. No lo sé, pero esa intuición fue un relámpago. Luego, ver andar tu primitiva figura adolescente, ágil y soberbia, tu gracia espontánea, el gesto travieso, la espesa y renegrida cabellera en largas trenzas cuidada; tuve la certeza que debía quedarme. Ella, me dije, tendrá que ser mía.

Eso pensé; y ese oscuro deseo fue, a partir de entonces, mi obsesión. Era el cazador ante su víctima y, sin embargo, pobre de mí, ahora entiendo que eras vos la cazadora y yo tu confundida presa. A partir de entonces fui ahogándome en tu tierna seducción. Día a día aumentaban las mordeduras del deseo que subían de las entrañas como si el paso de las horas alimentasen las ansias por confundirme en tu ser. Era tu impiadosa adolescencia, tu milagro vital y esa fatal atracción de tu nombre transparente: Ailiñ; gracia de pájaro, andar de huemul, inocencia de un mundo perdido. Escribe sobre escrito para nombrar lo innombrable, lo oculto de sus deseos.

Aceptará por lo tanto complacido la invitación de permanecer unos días mientras intercambian regalos con el cacique. 

Sí, sospecho que la presa era yo. Poco a poco fuiste –o fueron- echándome el lazo, como dicen en tu país. ¿Recuerdas esos días?. Insistías, sin darme tregua, acompañarme a todas parte. Creo que tus padres les habían recomendado a tu hermanita y a vos a ser hospitalarias y atentas con el gringo. O bien, quisiera creer, que te sentiste atraída y curiosa por mi forma extranjera de ser. Lo cierto es que pronto fuiste vos sola mi propia sombra.

En distintas ocasiones te sorprendí mirándome de soslayo por sobre las cejas, la cabeza inclinada jugando los dedos con el collar y al cruzarse nuestras miradas te brotaba el rubor de tu propio florecer. No desaproveché oportunidad de hacerte conocer mis intenciones, pero vos, con no cierta picardía sabías dejarme descolgado y a la espera.

Sólo serán seis días en Pastos Blancos los que viví codicioso por poseerte, cuidándome que mi loco interés hacia vos no sea notado, en especial por tu familia.

 

 

El penúltimo día de la estadía del explorador, todos los hombres han salido a cazar mientras las mujeres van por leña para agasajar con una comilona a quienes partirán al día siguiente. El viajero, por su parte aducirá no sentirse bien y se encuentra preparando los bártulos en la carpa erigida a prudente distancia de los toldos, tal como establece la costumbre, el protocolo o quizá el pudor patagón.

Todo está en silencio esa tibia mañana de abril; y en esa quietud, sobre la lona de la carpa se dibuja nítida la silueta de la joven. La inesperada presencia acelera el pulso del viajero.

Aún veo Ailiñ, tu silueta a contraluz entrando silenciosa. Sentí mi corazón palpitando en la garganta. Te acuclillaste con gracia en los quillangos, y como para justificar tu visita preguntaste algo trivial y obvio. No te contesté, dejé las cosas que me ocupaban y un irresistible impulso me llevó a acariciar tu suave, tu dulce cara, mucho más suave y delicada en esas frías e inhóspitas soledades. Y vos, Ailiñ, como un manso animal aceptaste sin mas que te acaricie.

Sucedió entonces que te erguiste adoptando esa gravedad propia de joven e impredecible mujer, a tal punto que temí un repudio de vergüenza y escándalo de insólitas consecuencias. Sin embargo, aquella seriedad que me hizo temblar se irá transformando en candorosa mirada de provocación. Y efectuando el gesto deseado, el kai cayó a tus pies.

La joven se ha quitado la manta de piel de guanaco quedando cubierta por una túnica sin mangas; y clavados en mí tus ojos negros y almendrados fuiste librando con desesperante lentitud el vestido que aún te cubría.

Era abril en Pastos Blancos y primavera en tu cuerpo, Ailiñ.

Escribe con nerviosa y minúscula letra sus inflamados recuerdos.

Ciego en mi fervor, naúfragos en el desborde de la sangre; tengo el recuerdo exuberante de tu amor en cuerpo presente.

Fue así que donaste en amoral desnudez, tu virgen esplendor libre y sin culpa.

Parada ante mí al natural, arrodillado ante vos, fuiste una diosa pagana a la que me dispuse a adorar, a profanar sin contemplación el recinto sagrado de tu fruto. Y agrega. No sabría narrar esos momentos sin dibujar el mapa de tu cuerpo soñado, la furia inconsciente de tu adolescencia y mi oscuro y postergado deseo. Y en ese nombrar lo acontecido le vuelve a acontecer el sufrir y gozar en ausencia el Deseo. 

Fue un irracional encuentro, un naufragio sediento alimentado por las ansias y el tormento de la espera. Piensa, imagina aquel cuerpo que todavía lo perturba, que lo excede.

Fui Ailiñ un intruso brutal de tus lugares nativos, un intruso dispuesto a depredar sin freno tu naturaleza turbadora y primitiva; pero al despertar el caudal de tu pasión y recorrer tus valles fértiles, tus bosques inmaduros, descubrí en esas tibias oquedades, secretos refugios donde calmé mi furor extranjero.

El maduro expedicionario, al internarse en la selva oscura de lo simbólico se pierde en un laberinto de metáforas para expresar las imágenes secretas de su memoria, los instantes de plenitud que todos en la vida tenemos, un instante aunque más, de exaltación  sensible y consciente, el místico momento de eternidad de los cuerpos; el rapto en que elevándonos  de la especie, sublimamos la pasión.

Danzamos el rito sobre cueros, quillangos y matras, envueltos en fuertes olores de pieles de cuerpos de bestias sacrificadas; vahos terrenales y agrestes que volvían más  primitivo  y feroz el palpitar de las sangres. Y evoca nostálgico y exaltado:  Fuimos desbordados en avideces, abrazados, fundidos en cómplices abrasamientos.

Fuimos una borrascosa marea que se aleja y vuelve al manantial de nuestras mezclas. 

Descubro tus silencios y cubro tus voces con mi ciega, mi obstinada barbarie.

 

En algún momento hay un chispazo, un parpadeo en el que el veterano explorador se percibe extraño de sí. Es un instante fugaz, un desgarro crítico que perturba su conformismo.  Sin embargo, la duda que socava su seguridad es un destello que rápido desecha y olvida, entonces, no sin cierta culpa escribe:

Oh Ailiñ, entregada y olvidada. Mi corazón se estremece al recordarte mientras mi cuerpo se seca...   La frase quedará en suspenso.

 

Hasta aquí el confesado secreto del explorador, anotaciones ocultas de su Diario de Exploración, culposas memorias que cuidó de guardar. Si bien, para todo lector atento, el breve comentario de esos días que se encuentra en el capítulo segundo, los raros y elogiosos términos que usa, el insólito tiempo en que se demora por la zona sin interés para el objetivo de su viaje; deja trasuntar un impacto emocional, una atención desmedida que contrasta con las escasas líneas dedicadas por el ex viajero a su casamiento con una compatriota suya  

Al final de estos papeles puede leerse como un mensaje de despedida o llamada de socorro:

Ailiñ, ojos de almendra...

Sospecho que se detuvo, volvió a releer lo escrito con verbo estremecido y corazón palpitante; luego tachó, arrancó las hojas de la libreta de tapas negras que, sin embargo, deja guardadas en un cajón bajo llave.

 

 

 

 

Enero-Febrero/2003

A.U.

 

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