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Angel URANGA



IDEAS DE HISTORIA PATAGONICA

 

Y

 

SINCRONIA PATAGONICA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sincronía  patagónica

 

 

 

IDEAS DE HISTORIA PATAGONICA

 

 

FINITUD Y POSIBILIDAD

 

El suelo de significaciones sobre el cual se erige la historia es la lucha contra la escasez y el desamparo, una dramática búsqueda de satisfacciones vitales y culturales. Tales son los verdaderos fundamentos de cualquier historia  humana.

Pero el hombre no solo cubre sus necesidades biológicas y sociales con comida, vestido y techo, también produce una cobertura significativa, su específico ámbito cultural con un ropaje de signos que contribuyen a protegerlo de su desamparo físico y metafísico. Entonces, este ser, que al tener conciencia de su pasado es igualmente consciente de su finitud y de sus límites, recobra, mediante el lenguaje ese pasado elaborando mitos, leyendas y epopeyas que dan cuentan de sus trabajos y los días, conjura la muerte y erige la cultura para perdurar y ocultar sus abismos ancestrales.

Pero la finitud humana no expresa sólo una limitación temporal ni espacial sino una  condición que determina todo proyecto y toda posibilidad. Saber de su finitud es lo que le permite diagramar su proyecto existencial, esta percepción es lo que se denomina historicidad, que es previa a la historia, por ser comprensión de una temporalidad finita. La historicidad, en tanto temporalidad, resulta la percepción del devenir mundo limitado y conflictivo que atraviesa e inquieta al hombre dándole un marco y sentido a su existir.

El concepto ontológico de historicidad revela al ser abierto al mundo como “posibilidad de construir la historia” (Heidegger)

Esta doble conciencia, del pasado y de los límites de la existencia es lo que caracteriza a la historia como ciencia de la singularidad, el discurrir único e irrepetible de las acciones humanas abiertas al mundo.

Si el origen del hombre está en el lenguaje, el comienzo de la historia ha sido señalado por la escritura. De ahí que la historia, testimonio de un peregrinar, busque aplacar el atávico temor antropogénico a la muerte, y tiende a consolar con la no menos ancestral noción de inmortalidad, privilegio de los dioses.

Tratándose del acontecer humano, la historia pertenece al “dominio de lo posible” (Kierkegaard), describe la constante y permanente lucha de la libertad contra la necesidad y manifiesta el humano riesgo de elegir.

Posibilidad, libertad, elección o azar son categorías que gesta el devenir humano en la construcción de su mundo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA ESCRITURA QUE DEFINE Y EXCLUYE

Patagonia entra a la historia -la historia en tanto dialéctica conflictiva de las relaciones humanas- como dominio de la escritura sobre cualquier otro significante, por voluntad de designación de quien la escribe. Al nombrar se determina, se identifica se distingue se objetiva en tanto poder decir sobre el Otro, aquel de la cultura sin historia, es decir, sin escritura, pero con Memoria.

Decir, definir, catalogar, clasificar, dividir, y en tal movimiento el logocentrismo arrasa como un viento haciendo desaparecer costumbres, lugares, seres y lenguajes y el delicado y armónico equilibrio hombre-mundo que diera un resultado de convivencia milenaria; todo entrará en el nuevo caos que nombra y define sobre las ruinas y los despojos de lo que fuera, y, en la mezcla, se erigirá la civilización católica, racionalista y nacional, en ese orden.

Hay entonces una interpretación de la historia, como lucha de poderes, entre dominio y subordinación, entre el logocentrismo hegemónico y el reconocimiento por la Diferencia de las singularidades culturales.

La historia, en tanto ciencia, busca objetividad y verdad, pero la objetividad sólo puede surgir de la multiplicidad de voces; en tal sentido no hay una  historia patagónica. Lo que existe consiste en una variedad pululante, indeterminable e interminable de historias brotando de los intersticios de la temporalidad y de las relaciones entre los hombres y  de éstos con las cosas.

 

 

LA OTRA MIRADA

Una Historia de Patagonia por patagones es, desde el vamos, emitir una nueva mirada sobre lo Mismo, un diferenciarse del discurso oficial que concibe a este país austral (geografía e historia) como el elementos secundario, aquello diferido en el imaginario nacional. (La Diferencia también consiste en diferir, en postergar). Esta visión, centralista y subestimadora, se sustenta en que los patagónicos somos pocos y estamos lejos del centro decisional. Pocos y lejos, fatalidad y rémora, motivos suficientes para la postergación.

Patagonia siempre ha sido ¿no lo es aún? territorio de disputa y explotación, sea de los imperios primero, como de las repúblicas después. Este país, hemos escrito, ha sido y es borde imaginario, frontera cultural, “último confín de la tierra”, terreno de reservas, lugar del futuro, es decir, del nunca jamás.

De ahí entonces que, patagónicos escribiendo su propia historia resulta una forma de autoafirmación y autoconciencia, y, simultáneamente, negación del punto de vista impuesto por el discurso prestigioso del poder central. Negación de la negación.

En sus “Lecciones sobre la Filosofía de la Historia Universal, Hegel nos dice que : “La historia propiamente dicha de un pueblo comienza cuando éste pueblo se eleva a la conciencia”, es decir, a la “conciencia de sí”.

Pero la conciencia de sí no construye por sí misma su identidad si no es mediante la experiencia del lenguaje, es decir, en la narración del pasado común, la cual se constituye en núcleo y vertiente cultural, pero igualmente, la narración de comunes experiencias vividas como lugar primario de manifestación de esa construcción identitaria.

 

Sería entonces la lengua, como relato oral primero y narración escrita luego dadora de fundamento y sentido a una comunidad por sobre cualquier otra manifestación humana. La narración del pasado, en tanto historia, pone ordenamiento en el caos de la temporalidad memoriosa de la existencia vivida por los individuos y los grupos afines.

Se transcurre así del tiempo mítico (narración de dioses y de héroes) al tiempo histórico, (narración de los hombres); del relato poético (epos) a las certezas historiográficas.

De tal manera, por la palabra “argentina” (Martín del Barco Centenera, 1602) comenzamos a “ser” argentinos. En  el poema nacional escrito por Hernández, la comunidad llamada argentina erige a la figura del gaucho como emblema caracteriológico (como fuera en un tiempo El Cid en España,  la Biblia para Israel o las Sagas para los pueblos germanos del norte, textos paradigmáticos, modeladores de un carácter y una idiosincrasia particular) y como “mito gaucho” (Carlos Astrada, 1948).

Mito y epopeya son formas de la historicidad de un pueblo.

En lo que respecta a la patria austral, el término “patagón” tiene su raíz en las novelas de caballería del siglo XVI de donde deriva el epónimo  “patagonia”.

 

Entonces, escribir la propia historia revelaría la autoconciencia histórica del sujeto, implica además, elaborar una epistemología descentrada, que señalaría una idiosincrasia distintiva del Otro hegemónico que se erige  en supuesta identidad nacional.

Se escribe también para elaborar una nueva tradición (valga la paradoja); esto lleva a indicar paradigmas, formas modélicas, otras experiencias fundadoras y patricias; riesgo que debe correr toda nueva genealogía histórica pues implica elaborar un discurso de verdad con sus figuras sacralizadas y sacralizantes.

 

 

DESDE DONDE SE ESCRIBE

Toda Historia es  elección, sea de vida como de aquello que vamos a contar. A su vez, todo conocimiento es una interpretación de la realidad y, de hecho, toda realidad se percibe desde un lugar tanto físico como cultura. Pensar la historia es hacerlo desde un particular y específico punto de vista a partir de una construcción de intereses que elabora una axiología del pasado, de ahí que la historia siempre se escriba desde una tradición, desde una perspectiva que ofrece un punto de interés social.

Bien se ha dicho que nuestra sociedad ha sido pensada más desde el estado o en referencia a éste que desde lo social, desde los propios sujetos sociales. Tal vez por ello, la historia conmemorativa, solemne, la de los “grandes hechos” y “grandes hombres” ha resultado el relato de robos, asesinatos en masa, deportaciones, depredación  y corrupción sin límites, siendo presentada tal serie de aberraciones  como si eso fuese la historia del hombre civilizado. Bien ha dicho Karl Popper que “la historia del poder político es la historia de la delincuencia internacional”. La historia política nos muestra sólo violencia inaudita, ilimitada, una cruel totalidad donde se pudre la memoria de la especie. Historia de exterminio en nombre de grandes fines, de intocables principios de supremos valores.  Por su parte, Eric Hobsbawn escribía en 1994 que “la barbarie ha ido en aumento durante la mayor parte del siglo XX y no hay ninguna señal de que este aumento haya terminado”. La historia de las naciones y de los imperios acaba siendo un vasto teatro de la maldad, una cruel y seductora maldad que, como modelo, busca ser repetida e imitada.

Al adoptar la perspectiva de los intereses del estado, la historia resulta un relato apologético, un discurso de la verdad  del poder, la enunciación de una soberana “razón histórica” dando cuenta del pasado en virtud de su posición hegemónica sobre el colectivo social. La interpretación oficialista pretende un conocimiento verdadero, objetivo y total por sobre las voces de los demás sujetos.

Entonces, para no caer en un relato de las aberraciones morales, para no ejecutar una letra conmemorativa y legalista, debería cambiarse el enfoque y optar por los reales y materiales sujetos históricos.

Por su parte, una historia contada desde ana posición insignificante respecto a la soberanía estatal, es decir, desde la perspectiva de base social, o sea, a partir de los sujetos sociales, de los “humillados y ofendidos”, una historia social desde aquellos lugares no percibidos por la historia contada por amanuenses; desmitifica de hecho a la historia política, y acaba dando obras memorables de irrefutable rigor historiográfico como “Los Vengadores de la Patagonia Trágica” de Osvaldo Bayer.

Pero una historia, desde el subsuelo de la Historia, resulta una impotente repetición de antiguos problemas irresueltos. Es cierto que cada tiempo y generación tienen sus propios y específicos problemas, pero si las dificultades son estructurales y persisten los problemas, es obvio que éstos aflorarán tarde o temprano para ser resueltos con mayor virulencia.

La cuestión de la historia va unida a la cuestión del sujeto individual o colectivo que la realiza.

Sirva un ejemplo de muestra acerca de la “función” del sujeto en la historia, y la ya clásica postergación del territorio patagón:

Cuando en 1868 Luis Piedra Buena, solitario defensor de la soberanía argentina en este territorio austral busca apoyo primero en Mitre y luego en su sucesor, Sarmiento, sale con las manos vacías y con absurdas justificaciones por parte del presidente. Frente a frente, dos figuras con posiciones antagónicas respecta a la heredad territorial; Sarmiento, quien entendía que el territorio patagónico -más del 30% del territorio argentino- era un exceso y había que deshacerse del mismo; frente a él, el bohemio y filántropo aventurero, auténtico  patrie patriae de los patagónicos protector inclaudica-

ble de lo propio.

 

 

HISTORIA Y POLÍTICA

¿Me alejé del tema?, porque se podría pensar que introduzco subrepticiamente la política en la historia; pero en realidad ¿dónde comienzan y dónde acaban las relaciones entre historia y política? ¿cuál es la frontera entre subjetividad y objetividad en las ciencias sociales? ¿dónde acaba la ciencia y comienza la ideología?.

Hemos dicho que toda historia es una perspectiva y una interpretación del pasado. “Toda historia es historia contemporánea” a escrito Benedetto Croce, en virtud de que son los problemas actuales los que interrogan al pasado.

El hecho de escribir la historia nos debería revelar que hay un tiempo abierto a las solicitudes del presente, un tiempo y un lugar donde ya está realizándose el futuro, pero igualmente la escritura de la historia es el espacio donde el pasado nos hace preguntas, como tomándonos examen por aquello que heredamos. Herencia y posibilidad, tradición y cambio son encrucijadas que tensan las conductas del hacer. (La posibilidad como intento por realizar tanto lo nuevo novedoso como hacer renacer lo valioso inconcluso).

Pero escribir la historia es también producir puentes al porvenir; generar un texto que devenga acontecimientos a partir de una mirada hermenéutica que cambie el sentido de los hechos. Porque no se trata sólo de interpretar, se trata también de influir en los acontecimientos: es así como historia y política discurren engarzadas. “Lo que llamamos historia –enseñaba Arturo Jauretche- es lo que fue política, lo que es política será, a su vez, historia”.

Historia y Política no dejan de ser dos realidades indisociables. La historia, al ser ciencia y conciencia del pasado, diagrama una imagen de la realidad presente que busca su concreción en la praxis comunitaria, de ahí que historia y política sean siempre confluyentes, trátese de historia apologética, trátese de historia crítica.  

 

 

LOS CONDICIONANTES  I:  Estructura y acontecimiento

Todo aquel que encara la escritura de la historia, encuentra, de hecho, y desde el comienzo dos condicionantes casi insuperables que son, el lenguaje con el que pensamos, y la tradición en que estamos; ésta última podrá ser objeto de crítica y reconstrucción pero siempre estará como telón de fondo en la perspectiva adoptada dado que siempre se está en una “pertenencia “ (Gadamer), en un suelo y un cielo cultural desde donde fatalmente interpretamos tanto el pasado como el presente. Lenguaje y tradición son estructuras que determinan el comportamiento y la manera de pensar.

Se historializa dentro de una tradición, pero ésta se nos puede presentar sea como pertenencia sea como extrañamiento. La tradición, en tanto lo dado y heredado puede ser un peso del que hay que librarse, o un hogar de protección y certezas, de identidades que debemos preservar.

De constantes y de azares está compuesta la historia. En sí misma, la escritura del pasado, se organiza a partir de categorías como estructura y acontecimiento; aquella describe la larga duración y éste la singularidad, lo contingente e imprevisible de toda acción humana, como fueron, vrg., entre otros acontecimientos, el 17 de octubre de 1945, el Cordobazo de 1968 o la guerra de Malvinas.

El acontecimiento es el ojo de la crisis, el instante de explosión de un cierto estado de cosas que dejaron de ser estables, la ruptura de una serie o el quiebre en una estructura; entendiendo por estructura el fundamento concreto sobre los que los humanos construyen su existencia, y, en un sentido analítico, el modo de producción y las formas de intercambio, el nivel técnico en que los hombres producen y reproducen su vida, las relaciones entre las clases, sectores o estamentos sociales, las relaciones internacionales, así como el imaginario dominante en un determinado período. La estructura consiste en una arquitectura social, un sistema de intercambios estables en el tiempo. En suma, la estructura es lo invariante en un proceso, o como diría el estructuralismo; la invariante sincrónica de una diacronía.

 

 

 

 

 

LOS CONDICIONANTES  II:  Geohistoria

Tratándose de historia patagónica es imposible obviar una causa determinante de toda acción humana aquí en el Sur: me refiero a lo geográfico. Omnipresencia territorial que ha condicionado nuestra historia, que influye absolutamente en los hechos de los hombres quienes, a su vez, organizan su espacio transformando a aquella. La geo, por lo tanto, no ya sólo como escenario, también como la ocasión para que los actores sociales desplieguen sus proyectos.

Aquí, en Patagonia, las imposiciones geográficas son absolutas: las primeras cosechas de los colonos de Tre-Rawson dependieron tanto de la sequedad valletana como de sus inundaciones; sobrevivir en el “desierto” significó aprender de los tehuelches cómo se cazaba o dónde estaba el agua; los primeros establecimientos lanares estuvieron a merced tanto de los inviernos como de las plagas endógenas o depredadores naturales (puma, zorro, hurón).

En lo económico, los precios diferenciales son relativos a las distancias entre productor y mercado. ¿Cómo entender el origen de Comodoro sin pensar geográficamente la historia?, ¿cómo explicar los fracasos de Sarmiento de Gamboa, o Simón de Alcazaba y la larga postergación por siglos de la colonización patagónica si no es por los rigores climáticos y la dureza topográfica de la región?; además del tozudo desconocimiento de los lugares a colonizar.

 

 

TEMÁTICAS GENERACIONALES

Siempre  habrá  un método, un camino para acercarnos al pasado y, a fuer de ser auténticos, se trataría de ver el mundo desde nuestra posición y situación; el hic et nunc de los latinos, la capacidad para generar el propio punto de vista. Tal sería la primer condición y actitud mental para comprender las cosas que nos pasa. Lo otro, la búsqueda de la metodología adecuada es cuestión de técnica y estilo historiográfico.

La “larga duración” (Braudel) en la historia exige ser articulada en períodos debido a la propia dinámica del acontecer humano la que manifiesta cambios y variaciones respecto a una serie. En tal sentido, el método generacional (Ortega y Gasset-J.Marías en nuestro contexto cultural) nos presenta el devenir histórico teniendo por eje el proyecto de vida común que cada generación hereda, crea y transmite a la siguiente, así como la lucha intergeneracional de innovación y conservación; teniendo en cuenta que tal “proyecto” por lo general es una percepción no consciente en los sujetos sociales. Ya Marx puntualizaba en el Prefacio a la “Contribución a la Crítica a la Economía Política” que: “en la producción social de su vida, los hombres entran en determinadas relaciones necesarias e independientes de su voluntad”; con lo cual nos sugería que el hombre crea fuerzas que luego no solo no puede dominar sino que, además, acaba siendo dominado por ellas.

La historia es el discurso del conflicto entre los hombres, la inacabable “lucha por el reconocimiento” en la dialéctica del amo y del esclavo.

En vista de esto, el acontecimiento histórico emerge del enfrentamiento entre distintos “proyectos” generacionales. Debiendo aclarar además que, el hecho de que un proyecto haya sido vencido por otro no significa que no valía, o que el impuesto finalmente resultaba mejor para todos. Si el proyecto derrotado se fundaba en principios y formas beneficiosas para el común, la postergación de aquel queda como posibilidad real para las futuras generaciones, así fue la generosa idea bolivariana de Gran Nación o el revolucionario programa nacional y social del artiguismo.

En la historia de los argentinos, a partir de 1810, dos líneas bien definidas se enfrentarán por imponer su concepción de país: la nacional o de Patria Grande  representada por San Martín y los caudillos federales, y la del unitarismo pro británico

de Rivadavia, Mitre y los intereses del puerto de Buenos Aires. Contrariamente a lo sucedido en los EEUU con la guerra de Secesión, aquí se impondrá el sector oligárquico, liberal extranjerizante y su programa dependiente. No olvidemos que la resolución de este conflicto necesitó 70 años de guerra civil, el sometimiento del “interior” del País y el genocidio de razas autóctonas.

 

Enfocado desde la temática generacional, cada período histórico aparece con un repertorio de problemas a resolver. Ya a fines del siglo XVI los motivos y objetivos de las expediciones españolas no serán los mismos respecto a los de comienzos de esa centuria. Bien puntualizaba Rodolfo Puiggrós que la España que conquistó el nuevo mundo no es la misma que aquella que lo descubrió. En los siglos XVI y XVII los nacientes estados nacionales están abocados totalmente a descubrir pasos interoceánicos, en conquistar territorios y pueblos y en hacerse de riquezas. Pero en el seiscientos, España ya tiene competidores en el reparto del mundo.

Se necesitará de la lectura del libro del jesuita Falkner, “Descripción de la Patagonia” de 1774 para que el imperio español se despierte de la modorra geopolítica y su burocracia ilustrada decida establecer poblaciones como ”San José” en el Península Valdez y “Floridablanca” en el actual San Julián, iniciando una provechosa serie de expediciones al interior patagónico, a los que habrá que agregar el impecable y riguroso relevamiento efectuado de las costas atlánticas por Alejandro Malaspina.

Sin embargo, recién en el siglo XIX se  evidencia un lento y continuo movimiento de ocupación del espacio territorial austral, con viajeros, con  exploradores de múltiples actividades y empresarios pioneros quienes, en dura lucha con los elementos naturales y la apatía de los poderes irán colonizando la vasta heredad.

 

 

FIGURAS DE NUESTRA HISTORIA

Sería interesante destacar que las figuras emblemáticas de nuestra tradición histórica no correspondieron ni a militares ni a figurones  políticos (los “hombres de levita”), por el contrario, serán exploradores científicos, patrióticos aventureros o pioneros puritanos, todos testimoniando buena disposición hacia el nativo con quien compartieron el pan, la fiesta, el intercambio de víveres o infinitas cabalgatas. Pero además, y resaltando como dignos mojones de un tiempo ido, se encuentran los jefes de sus respectivos pueblos, me refiero a Valentín Saihueque, Casimiro Biguá, Orkeke o Inacayal.

Diezmada la población autóctona, quedará el territorio libre para la explotación terrateniente. (Habría que insistir respecto a la influencia de la violencia ejercida sobre los cuerpos y, con ella, el miedo en el desenvolvimiento de los pueblos, el miedo como factor de estancamiento e incluso como forma subyacente de relación) El avance  soberano del estado nacional abre las puertas al latifundio y a la explotación irracional del suelo degradándolo hasta la desertificación.

El período que continúa a la conquista del desierto podríamos denominarlo de integración territorial e institucionalización, promoción de la inmigración de explotación económica agrícola, ganadera, comercial y minera,  formación de redes de transporte y comunicaciones, y período de fundación de núcleos poblacionales perdidos en la vastedad de la meseta, a orilla de golfos y caletas, o en los contrafuertes andinos, siempre en un marco de oscilaciones políticas de protección y desprotección por parte de los poderes públicos.

En este sentido –de promoción y desarrollo-, el papel del estado fue tan determinante como frustrante. Los corto circuitos entre intereses privados y estatales se manifiestan temprano para el desarrollo auto sostenido de la región, como sería el caso del empresario Rouquaud en 1872, o de la Compañía Comercial Chileno Argentina de Bariloche en 1910; las vicisitudes del pionero Primo Capraro, o el emprendimiento del solitario Andreas Madsen y tantos otros que pusieron al descubierto los contradictorios intereses entre la sociedad civil y el estado. Pero igualmente se pone en evidencia y señala una constante la frustración de sectores progresistas del propio estado liberal, tales resultaron los proyectos de ciudad industrial de Ramos Mexía, el hidrológico de Bailey Willis “El Norte de la Patagonia” de 1911; o el del perito Francisco Moreno, me refiero a su proyecto de líneas férreas cruzando del Atlántico a los Andes y de sur a norte este país austral. ¡Qué país magnífico imaginaron!; lo hicieron así por que ellos fueron grandes y generosos y porque tenían arraigado el concepto de Patria 

La empresa privada de interés genuinamente patagónico estuvo siempre sometida a los caprichos burocráticos cuya  última palabra la tenía el dios que atiende en Buenos Aires. Es que la oligarquía unitaria reproducía el esquema dependiente de la nación respecto a los centros mundiales (imperiales) de la economía y las finanzas y del país de los argentinos respecto a Buenos Aires.

Sirva un botón de muestra: Comodoro Rivadavia productor de petróleo nunca tuvo una destilería ni puerto acorde, pese a que había sido fundado como salida marítima de su producción.

Ya hacia 1930, José Ma. Sarobe hacía notar en su trabajo “La Patagonia y sus problemas” estas falencias y obstáculos al desarrollo de la región.

 Esta dependencia respecto al centro político y económico del país, retrasó considerablemente la conciencia y organización política autónoma de la sociedad patagónica. El paternalismo burocrático se fortaleció hacia la década del cuarenta implementando políticas proteccionistas y tomando decisiones trascendentes para los habitantes del Sur en detrimento de la creatividad y el ejercicio soberano por parte de los propios pobladores.

A partir de la última dictadura, pero especialmente con la implementación de una política ultraliberal  durante los noventa, la vulnerabilidad de la región llega a su punto más crítico al ser desarmada la estructura productiva y social que costara medio siglo en erigir.

 

 

CINCO SIGLOS DE MODERNIDAD

    Quinientos años, para un pueblo joven es una larga duración en la memoria, lo es también para un período de vertiginosos cambios como lo fue el siglo pasado

Cinco siglos en la historia occidental implica la formación y consolidación de la modernidad, es decir:

a-      Del capitalismo como formación económica y social (burguesía) y su extensión a todo el planeta (colonialismo).

b-     La creación del estado nacional en cuyo marco se desarrollan las lenguas nacionales, llamadas vulgares en sus orígenes, y como tal, formación de culturas nacionales. La extensión de nuevas modalidades de las fuerzas productivas (mercantilismo, libre competencia, capitalismo monopolista, financiero, e imperialista) y sociopolíticas condujeron fatalmente a conflictos por el dominio del mundo cuyos fenómenos serán el colonialismo, el imperialismo y las guerras mundiales y, por contraposición y autodefensa, las luchas de liberación de los pueblos sojuzgados.

c-      La nueva imagen del mundo aportada primero por los nautas hispanoportugueses; a ellos se debe que la Historia sea por vez primera y definitivamente universal, y luego por las ciencias físico matemáticas y sus correlatos filosóficos: racionalismo, empirismo, pragmatismo.

d-     La era de las revoluciones liberales y democráticas.

e-      Las revoluciones industriales y tecnológicas que abarcan los últimos 250 años.

      Por último, la disolución de toda esta fenomenología histórica por el gran embate de la

      mundialización (globalización) que consiste en el dominio planetario por los valores e

      intereses del Mercado.

 

 

HISTORIA TERRITORIALIZADA

"La historia -ha escrito Pierre Vilar- no es sólo entrelazamiento de tiempos, es entrelazamiento de espacios”. Percepción y conciencia del espacio que se vive como cuerpo propio es lo que ha hecho a otras naciones organismos poderosos e irresistibles a su expansión.

Ahora bien, habría que hacer resaltar que la percepción del espacio, por parte de los pioneros, en tanto espacio vivido, nunca fue igual al de los estrategas militares, al de los burócratas, al de los especuladores porteños ni tampoco pudo ser idéntica al de los terratenientes que, en París tiraban manteca al techo. Es decir, esta percepción que el poblador tiene del suelo, del territorio, del país, en suma, de la patria; nunca la tuvo la clase dirigente argentina, clase sin conciencia territorial por haber sido maleducada en ciertas teorías políticas adoptadas por la generación romántica del 37 para la cual, el mal de Argentina era su extensión (y el pueblo criollo).

Veamos lo que opinaba alguien que efectivamente recorrió y vivió el espacio.

Bueno es ya también que, como lección muy oportuna, recompongamos nuestra geografía histórica, que ha sido siempre lastimosamente interpretada bajo el concepto de las ideas que se nos antojaban respecto de la topografía de todos nuestros territorios lejanos; cuando la Pampa era una sábana de muerto, uniformemente plana y estéril; cuando la Patagonia era “un páramo horrible, estéril y maldito, aun inferior a la Pampa”(...); cuando la cordillera era un enriscado de piedras donde apenas podía tenerse un guanaco; cuando el Chaco y la Puna eran hogueras de calor, absolutamente inhabitables, por un lado matorrales podridos e inaccesibles, y por otro, estepas de suelo raquítico sin ningún producto y sin ambiente de vida.

Así, en la mente del país debía dominar la idea de que nuestros centros poblados no componían otra cosa que un oasis en medio de la inmensidad yérmica; así, nunca se levantó el espíritu cuando se atentó al despojo de nuestros territorios desconocidos.

Y a fe que este menosprecio tradicional todavía encuentra acogida en individualidades retardatarias y formas de subsistir.

Los que hemos recorrido esas lejanías y venimos entusiastas con las noticias que rectifican las absurdas preconcepciones, jugamos a veces un rol bastante desalentador, por no decir ridículo. Ciertos personajes, demasiados hinchados con las nociones que tienen de corto radio, y que se afirman en su antigua cartografía y literatura, levantan su mirada irónica y compasiva, indicio infalible de sabiduría profunda, y dejan chato al pobre explorador.

Uno de esos togados, en una reunión política...dijo: -Este Olascoaga no sabe hablar sino del Neuquen, del Chaco, y de la Puna.

Es lo típico de la ignorancia, que deberíamos llamar empecinada, respecto de la cuestión geográfica, lo más importante que afecta la riqueza y porvenir del país, la noción más indispensable para dirigir su buena administración.

M.J.Olascoga: Topografía andina. 1910

 

 

AHORA Y DESDE  AQUÍ

 El destino impuesto por el estado nacional a los patagónicos consistió en remitirlo al futuro, en ser para mañana, el “mañana” de aquel que dice que va a dejar el vicio. Región mantenida bajo el status de reserva, de postergación indefinida, de omisión hasta el olvido.

Para el centralismo, Patagonia es lo lejano y brumoso de su proyección o el “desierto” en su imaginario y, para el turismo internacional, la ficción de ser la parte incontaminada  y virgen del planeta.

 El estado nación, como dueño de un discurso totalizador no ha sabido incorporar en reciprocidad e igualdad su última adquisición sino como nexo, conquista, prótesis es decir, extensión no vivida y por ello no del todo consciente dentro de la corporeidad patria. En el imaginario nacional –y toda nación es una “comunidad imaginaria”- este país austral existe sólo como apéndice y rescate tardío en la organización del estado capitalista y terrateniente. Bastaría recorrer los capítulos de cualquier manual de historia argentina para comprobar que lo importante y trascendente, aquello decisorio a la existencia del país argentino no tuvo como escenario esta región: no pasaron por este territorio los ejércitos libertadores, no se libraron las guerras civiles (el exterminio del nativo no es considerado una guerra civil, una guerra entre paisanos, sino una guerra cultural, una conquista y posterior colonización, también una “expedición”, eufemismo que oculta el violento despojo), ni tampoco el progreso agro exportador que diera fama y lugar en el mundo a la Argentina del centenario, cuya manifestación irrebatible fuera el trazado de líneas férreas, la red caminera y los puertos internacionales.  

Patagonia sigue siendo una imagen borrosa, diluida en el mapa mental de los argentinos, lugar incierto de la especulación (los especuladores que bien saben de su valor) una apartada semi colonia regional de la semicolonia nacional.

Lo que hoy queda son despojos, las hojas amarillentas de un proyecto modernizador que, como sucedió en el país de los argentinos, nunca terminó por realizarse. La deserción del estado nacional de sus imprescriptibles deberes y obligaciones con el colectivo social, el denominado “pueblo soberano” por obra de una política ultraliberal ha resultado en esta Región un hecho de tal gravedad sociopolítica y económica que generó un cáncer disgregador en el cuerpo construido con el esfuerzo de generaciones y del que aún los “decididores” no han tomado suficiente conciencia, preocupados en correr detrás de los problemas y en banalidades de todo tipo, propio del carnaval político inaugurado en la década del noventa. Por muchísimo menos, las Provincias Unidas del Sud se separaron del reino de España.

Porque: ¿puede hablarse aún de estado cuando éste ya no es dueño de sus decisiones, cuando todo proyecto o plan es imposición de organismos supranacionales que dirigen el mercado mundial?. Una nación que no puede ejercer su voluntad de poder ha dejado de ser tal para convertirse en un simulacro de soberanía y en un administrador de negocios foráneos.

En la actualidad todos resultamos rehenes de las redes depredadoras del Mercado: personas, pueblos y naciones, sea por la impagable deuda externa, sea por las tarjetas de crédito. Mientras tanto, el sector político pretende que creamos en la ficción de un estado soberano porque tal estamento es parte interesada de tal mentira.

 

Hoy vivimos un período de incertidumbre global, donde los colectivos sociales, al margen o a espaldas de los poderes estatales o bien usufructuando la demagogia de los sectores políticos, van organizando nuevas posibilidades de existencia, elaborando micro políticas  de sobre vivencia y resistencia a un mundo que camina hacia su propia destrucción, como aquel alegórico cuadro de Pedro Brueghel donde unos ciegos guían a otros ciegos hacia el abismo.

 

 

                                                                                                                            Ángel Uranga

 

Comodoro Rivadavia, febrero-marzo de 2001

 

 

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