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Memorias del Viento”

  

 

 

         Hugo COVARO

 

 

                 Primera edición: abril de 1983

                                                  Segunda edición: abril de 1984

 

ISBN: 950-562-521-9

 

 

 

 

                                            

                                      PRÓLOGO

 

 

 

 

 

 

 

Hugo Covaro ha recorrido demasiado camino de esta Patagonia nuestra como para quedarnos, ahora, en el apretado anticipo de este libro suyo, que como los anteriores pinta con paleta privilegiada de matices y emociones, la geografía humana de esta tierra preñada de sueños y de olvidos.

 

 Cualquier observador avezado que aprecie su creatividad de siempre, y no sólo su éxito de hoy, tiene la obligación de –por lo menos- detenerse a memorar la calidad de su búsqueda; el tamaño de su búsqueda, no sólo el de su prosa y su mensaje.

 

  MEMORIAS DEL VIENTO pone al hombre en el centro del paisaje literario y poético. En sus páginas, el autor pretende y logra, rescatar del olvido, las figuras de los tantos Jaramillo, Caico, Melillán, Quezada y Ovando que no sólo poblaron la desolada aridez de la meseta sureña, sino que fueron y son, bastión de una raza noble que no quiere entregarse a la muerte.

 

 Así, Hugo Covaro fabrica un milagro.

 Porque a través del viento, que para muchos “mata” la poca vegetación que se le anima al desierto, consigue, “obligándolo” a contar sus memorias, revivir, cual ave fénix, de las cenizas del tiempo, hombres y mujeres que están ahí... para ejemplo de muchos jóvenes que saben lo que quieren, aunque no sepan cómo, y pueden así, comprender que el sabor de la Vida les está reservado solamente a los despiertos.

 

 

                                                                           JUAN CARLOS NEGRI

 

 

 

 

 

 

 

1

 

 

 

    Esta tierra, que mira desde el sur a la esperanza  tiene en cada uno de nosotros una pequeña historia. Este continente de silencios doblegados se nos trepa a la sombra en atardeceres de bronce y fuego, se nos sube a los ojos con sus cielos limpios y a la piel con todos sus duendes fecundados.

 

  Patagonia es el rumbo de los sueños. Llegamos a ella con las manos y el alma vacías, secas, calladas. De a poco, de a tragos, como una invasión de vientos alucinados, penetrantes, nos llega la palabra y se cae hacia adentro de los labios para volverse canto.

 

  El canto del viento y sus memorias –dirán algunos.

Y uno, de asombro en asombro, de viento en viento, se torna testigo de nuevas anunciaciones, de historias contadas en noches de lluvia, en el polvo de los picaderos, polen luminoso de las soledades.

 

  Y uno, que rastro a rastro se adentra en los soles del verano ventoso, empolla el mismo silencio vertebrado que habitó el parto de la primera luna.

 

  El tiempo andaba por los cañadones. Un hombre. Sólo un hombre y tanto paisaje. Una dilatada agonía de páramo memorizando viejas lluvias. Era la nueva tierra. La tierra de uno repite la sangre mientras el viento sonaba su áspera flauta. Y uno se va quedando, de a poco, perezosamente, casi sin darse cuenta. Luego, también de a sorbos viene llegando el milagro. Una enredadera carnosa, trepadora que se mete en el centro mismo de la ternura y se nos cae como un golpe de barro por las sienes. Hay en este alumbramiento una gran nostalgia y un pequeño viento muerto aleteando en los ojos.

 

  Es tiempo pues, de mirar la noche tiznando las paredes de los ranchos de gente solitaria y esa luna redonda como un pan recién salido de la tierra, arrugándose en el agua de la laguna. Ahora es tiempo de largos caminos, estiradas distancias, dilatadas extensiones. Pero ya no se está solo, aunque el viento de arena siga sacudiendo los coirones* de los peladeros. Aunque la misma luna salitrosa de los esquiladores, de los puesteros, de arrieros  penitentes, siga saliendo con su aureola de sangre antigua.

  Ya no se está solo. Un ejército de muertes viejas, polvosas, enterradas, nos sube a la memoria, a los huesos, a la palabra, y anda repitiendo los viejos nombres y apellidos, rameando* sus historias. ¡Comer el calafate* nativo es, digo, una gran farsa!. Esta tierra, mitad sueño, mitad desesperanza, que amamanta sus amaneceres de fragua con aborígenes senos, con gredosas savias, es una antigua y gastada palabra. El centro mismo de la espera; el rincón más tembloroso de la nostalgia.

 

  ¡Ven forastero, arrímate. Que el viento olfatee tus manos, que tal vez, cuando llegue septiembre con sus polvaredas, ya conozcan tu nombre!.

 

 

 

 

 

 

 

                     2

 

 

 

  Nadie sabe bien de donde vino. Creo que fue por abril o mayo que se apareció en Kimeyhue* como un viento redondo de trpos grises, altivo en su libre desparpajo.

Preguntó por conchabo y allí comenzó este asunto.

 

  Fue a parar con su valija de cartón y sus huesos a la pequeña casilla de madera, levantada a pura pinotea junto a las vías del ferrocarril a Sarmiento. Dos mil pesos por mes y los vicios y permiso de armar trampas para zorros, fue el trato.

 

  Se llamaba Fernando Jaramillo, dueño absoluto del planeta.

 

  Hubo que construir el gallinero.

-         Don Fernando: cuatro por seis y de ramas de sauce –le dije-.

-         No señor, tres por ocho y quinchao* de mala espina* -respondió-.

-         Creo que no me entendió – dije, tratando de recomponer mi postura.

-         Sí, le entendí. Lo que pasa que soy viejo y tengo más esperencia. Yo sé lo que conviene y además aunque me paguen, no me gusta hacer chamboniadas-.

Y se puso a cavar los pozos para los esquineros como quien le hace una caladura al mundo.

 

  Y el gallinero tuvo su medida. Creció despacio asomando su médula de sombras degolladas en mitad de la tarde. Vino el invierno y camino a la leña era su pequeña figura, una sombra celeste caída en plena pampa. Por el humo resinoso subían sus historias cuando las brasas le untaban de oro la cara hecha a golpe de viento. Hablábamos de pasturas y animales, de inviernos nevadores y cordilleras altas. A veces de mujeres. Y era cuando por sus ojos se veían pasar las horas lentamente, a cuatro patas, casi sin ruido, como un quejido enterrado, despertado de pronto.

 

 

Un día, como los vientos de primavera, de improvisto me dijo que se iba. Tal como había llegado, sin aviso, libre como los sueños y los días.

-         Están pagando bien el zorro colorao, -dijo, mirando las barrancas silenciosas.

       Estoy agradecido. Usté fue un patrón bueno, pero ya estoy cansao de amanecer siempre en el mismo sitio. Me arrimó su mano áspera de trabajo, se sacó la gorra vasca en un saludo y partió como el último pasajero de la tarde. En la quietud de loa álamos formados a su paso se desteñía su espalda andariega.

 En esa quietud que, de a ratos, se parecía a la muerte.

 

 

 

 

 

3

 

 

 

  Aquí la tierra madura lentamente. Necesita de muchos soles, repetidos, anunciados casi desde el mismo origen del viento. Todo parece demorarse largamente. Sólo el viento afina su violín sobre matas acurrucadas o se vuelve un trompo de polvo luminoso en el remolino. El remolino donde baila su danza de miedo un diablo oscuro, que cae a veces en la memoria barrosa de los indio como un viento muerto.

 

  Sobre esta tierra conocí a Nicolás Nahuel. En su minúsculo imperio de salitre y trigo y soledades, donde la muerte de la raza le mojaba el rostro como una penetrante y silenciosa llovizna. Bajo La Cancha* es el paraje. Ahí, junto al manantial rumoroso levantó su casa de hombre pobre. De espalda al viento del oeste, por el ojo cuadrado de una ventana, se podía ver un pedazo de cielo azul y alto y más abajo, allá, contra las lomas, a los nublados como enormes gotas de nácar derramándose sobre la pampa ardida. Por la puerta abierta entraba el verde sauce del patio y las pequeñas flores del jardín parecían puestas dentro mismo de las lejanías.

  Era el valle el sitio de la ceremonia. Del baile en las rogativas anuales, antiguamente. Ahora, cuando se puede, si hay un ruego para Elchén*, el dios mapuche cada vez más olvidado. Anduvimos de caramuco* en un marzo tibio, casi lacio de resolanas. Estaba quieto el viento entonces. Se asomaba a los ojos de los paisanos y desde ellos miraba la vida. Tres días de danzas y ruegos, de caballos y polvaredas; de mirar hacia adentro del tiempo; de ver pasar a los muertos, uno a uno, en fila, idos, en la porfiada tarea de borrar sus rastros terrestres antes de volverse polvo de antiguas alfarerías a puro golpe de carcoma*. El canto al principio salía turbio, apagado, medroso. Luego se hacia recio, casi rudo en los gritos de los hombres de a caballo para volverse agudo y cortante como un cuchillo en la cultrunera*, tañendo su redonda luna de lenga* y cuero.

 

  Después, otra vez el viento: El antiguo viento de los pueblos polvosos de olvido. Otra vez el ir y venir de las horas y los días como un canto monótono y repetido. Ver al cóndor trepar los andamios de la altura con las alas pintadas de noche y de infinito. Y un día, como un relámpago se incendió y se apagó su vida de años lerdos. Un trigo lleno de mudai dormido les mojaba la cara a los paisanos, aquella tarde. Don Nicolás ha muerto, rezaba un viento vivo, tristísimo. Ahora, con todo el cielo encima, era su silencio enterrado en la panza de la tierra.

 

  Sé volver a su nombre cuando los álamos sueltan sus pañuelos en otoño y el salitre nativo tiene el gusto de las lágrimas.

 

 

 

 

 

 

 

 

4

 

 

 

  A los hombres de esta tierra sé pensarlos hondamente. Recubiertos de una gruesa corteza de silencio, pulidos de vientos y de intemperie, sé verlos pasar incendiados de atardeceres.

 

  Sé pensarlos –digo- tallados de eternidades, con la soledad encarchada en sus miradas tristes, como el origen de remotas labranzas, de enterrados deslumbramientos. Para estos hombres de esta tierra. En ellos habitan los antiguos dueños de los ríos azules; de los bosques penitentes, de todas las regiones del clima; del canto memorioso del viento y me llegan sus nombres familiares como un estremecimiento de monte andando, como un remoto júbilo derrumbándose desde un cielo de barro.

 

  Lo pienso a Carlos Melillán por Santa Cruz y se me viene, moreno de sombras como un cántaro, rumeando sus tristezas agrias, armando su cigarro de tabaco negro como quien amasa un trozo de paciencia. Lo imagino por Bajo Caracoles* cargando todo el invierno a puro poncho y caballo, con la ventisca colgada del sombrero como una lágrima caída hacia adentro de los ojos, rumbo a lo más hondo de la vida.

 

  El me enseñó las primeras palabras para nombrar la tierra antigua. El sabía del rastro geológico del pedernal y su hoguera y una a una la historia breve de las matas. Y cómo deshojar el cuarzo hasta encontrar la punta de la flecha. Y el porqué de los recuerdos que a veces le ponía amarga la memoria.

 

  El me mostró la muerte acostada por los chenques* con los huesos blancos de soles. Y el sueño de los muertos como un cielo limpio. Y el misterio de la piedra que camina marcando el límite de los picaderos*, cuando la paramela*, como una madre verde, da de mamar al viento, su pezón fragante.

 

  Para estos hombres es esta tierra. Nosotros, los recién venidos, tenemos sólo la distancia y el asombro asomando a los ojos y una larga espera para poblarlas de palabras... Algún día, cargando su sombra y su pena ha de pasar Carlos Melillán rumbo a la muerte. Irá –digo- camino de sus dioses, desnudo de agonías chorreando oro y plata por las sienes hacia la escalera del quemú quemú *, donde nace el viento de un huevo de silencio.

El me enseñó los simples secretos de las cosas y a querer esta tierra de punta a punta.

A los hombres de esta tierra sé pensarlos hondamente.

 

 

 

 

5

 

 

 

  Pastos Blancos* es el sitio. Sólo el viento desensilla en Pastos Blancos y por cuatro rumbos le ciñe el sueño a Fidela Tramaleo como si fuera un nudo. Todo es claro de tan pobre que el viento pasa desnudo. Pastos Blancos es el sitio y Fidela Tramaleo la mitad de ese mundo. Ambos son humo y distancia, algo de espera y camino y huelen a mata negra* y de gris un poco a indio.

 

  Hilando la lana vieja va gastando sus domingos, como un viento por el viento, como un largo escalofrío, habitante de los días, en su rancho gusto a nido, donde la pobre Fidela empollara cinco olvidos. Y anda su piel mestiza en la paz del duraznillo*, se arrastra por los matuastos*, enciende el molle* dormido y sus ojos en la tarde sueltan dos niños tritísimos.

 

  Fidela es la leña muerta en ese monte distinto. Teje la abuela Fidela y en las cuerdas de sus hilos, nace la primavera del huevo de sus ovillos. Cuando el telar de dos palos se ha dormido, florecen por el paisaje las flores de su tejido. Ella siempre estuvo allí, abonando el mismo sitio.

  Anda entibiando el aire, como un taiel* renacido y es su lágrima aborigen una rosa de cuarzo atardecida, cuando el cielo pinta de monotonía su gredoso vestido. Hay un rancho en Pastos Blancos de barro curtido, tapando  de los médanos calientes la muerte de cuatro abuelos idos: dos tehuelches de piel color de sombras y dos del arauco gusto a grito. Y en medio del silencio tomando la sangre por sus márgenes, se va la Fidela como un río.

  Se ve semillando la nostalgia por el pájaro azul del humo tibio, que sube       en la leña de la bosta como una espina germinal del frío. Trepa por un cielo desflorado para quedarse en ese sitio que la miseria tal vez le puso nombre con las alas tiznadas de algún ñamcu* nativo.

    Vienes del simple milagro de la lluvia, como una madura artesanía de los

 siglos.

                                            6

 

 

 

  Lo encontraron cerca del camino, boca arriba con la muerte puesta por sus huesos, calcinados de soles, mirando sin ver el cielo inalcanzable. Una tierra machacada y voladora le rodaba por la cara y a golpe de arena, a remezones, le iba enturbiando el agua empozada en sus ojos.

 

  Lo trajeron en cruz sobre el pilchero*. Aún la muerte le goteaba lentamente como una miel rubia desde su boca rígida. La tarde pasaba por su sombra caída y por su nombre, como cuando viene la tierra siendo recién el viento.

 

  Vicente Caico, pastor de soledades, ha muerto. El hablaba de verdes valles por la cordillera, del hacha y los incendios y de esa muerte que ahora lo arrastraba como a un árbol seco. Hablaba de los inviernos en cocinas estrechas y el humo de la lenga* perfumando la lluvia. De ver caer la nieve siempre al mismo tiempo en que mudan de plumaje los ángeles más altos.

 

  De a ratos, como en ráfagas de vientos me llega su imagen sahumando de resina el molle* de las lluvias, sobando al tiempo como un cuero, con la paciencia apoyada en las rodillas y los ojos gastados de ver dormitar el fuego desde el fondo de su ceniza pensativa.

 

  En ocasiones, cuando el vino le sumaba a la sangre su afluente luminoso, húmedo de melancolías, alzaba su canto. Liberando prisioneros estampidos, alucinados estertores, un sonido carnoso, casi vivo trepaba un lastimado cielo al oeste y lamía con su viento parpadeante sus llagas de greda. Un cielo ancho de Nguillatunes* le azulaba la mirada y recordaba, en su idioma breve, veranos violentos de danzas, de cabalgaduras desbocadas de pura espuma en awuines* polvorientos y la rogativa sobre el parche tenso, como un silencio estirado, cayendo triste entre un temporal de golpes.

 

  Ahora un silencio oscuro lo tapa entero. En los ojos del caballo se apagan las últimas luciérnagas y en las lomas, llora la tierra por los muertos que regresan, con sus harapos gredosos a un jeme de los pastos.

  Vicente Caico ya no sueña. Regresa mojado de tinieblas al corazón profundo de los alfareros por las ramazones secas de la luna, para ser remolino en la aridez violenta de los médanos.

 

  Ese viento ahorcado y estos huesos tristes, son sólo migajas de la muerte.

 

 

 

 

 

 

 

7

 

 

 

  El viento sabe contar historias de caballos. Por la infancia provinciana, tal vez comience ésta, con una menuda sombra enhorquetada en brioso caballo de madera, desatando su galope por blancas galerías campesinas hasta un verde guardapatio de geranios. Era la casa vieja y el ancho territorio de la siesta, con sus duendes enanos sombrerudos, y las travesuras. Y los caballos.

 

  Antes, en tiempos en que mi padre volvía, como el viento del camino, había en sus rodillas un corcel desmesuradamente fuerte, con el que recorría una a una las aldeas de mi mundo niño, transitando su ternura inagotable.

 

  Luego, el tiempo. Los caminos. El adiós envuelto en el pañuelo como una tristeza atada por las cuatro puntas y mi último caballo, que aún viene de tarde en tarde como un recuerdo, asomando sus ojos mansos como un alba, por un país de sampales* pensativos y eternos. Entonces me sé quedar poblado de lejanías, escuchando al viento contar historias de caballos. Desde su altura vimos pasar al Sengerr* despierto de pájaros, como un cielo líquido desbordado. Vimos al mapuche tejer su tristeza con sonoros colores. Por turbios arrieros, cansados abuelos, lánguidas mujeres, el alma del indio escapar como un aire agonizante. Al hombre de esta tierra trenzando el lazo que luego lo ata a su soledad, velando el sueño enterrado de la papa, empollando sus genitales subterráneos. Vimos llorar al molle* la muerte de los días y al viento como un músico ciego, tantear la boca llena de sed de las pifülcas*.

 

  Anduvimos los fríos de esta tierra y sus silencios, viendo la vida arrinconada en oscuras cocinas, leudando la memoria doméstica del pan, desde el horno paisano, nacimiento de todos los crepúsculos. Juntos, con todo el viento encima, jadeando los nombres remotos como una música que se oye desde el sueño, polvosos de relinchos, olorosos de lluvias nuevas los ijares, regresamos desoladamente solos cargando el horizonte como una herida abierta.

 

  Se llamó Peñi* por ser la forma más breve de decir hermano. Una sobremarca en la piel de sus pasadas batallas.

-         Alazán tostao, patas blancas, animal de buen porte, como de siete años herrao de manos, dirán los que me vieron llegar y partir alguna tarde. Supo ser de José Peña. Vino de la cordillera hace un par de años en un lote grande comprado al barrer...es manso –dirá Antonio Antigüil, recordando-.

 

    El viento sabe contar historias de caballos. Y en cada caballo muerto, hay otro caballo regresando...

 

 

 

 

 

 

 

 

8

 

 

 

   Yo voy al viento y desde el viento vengo a contar sus memorias, a   nombrar a los hombres de la tierra que habito.

 

  Vuelvo de sus silencios en minúsculas partículas en las que reparte el día su pan desmemoriado. Pueblos casi de barro. Tierra sobre tierra. Y el viento acezando* en las trutrucas* sus minerales nuevos, llenándole la boca de canciones al hombre y puliendo los cuarzos de sus ojos paisanos.

 

  Yo voy al viento y vuelvo cuando el viento es un aire redondo en manos de los indios, hecho jarrón oscuro. O remolino –viento trenzado- que hunde su trépano de arena en la raíz olorosa del tomillo*. Vuelvo en el viento obsesivo, que envejece todo lo que toca; que lo cubre de un olvido amarillento al monte, cuando el otoño, pisando la hojarasca, se trepa a la paz de los piñones* dormidos. Que cordillera adentro, desde su médula de frío, donde los arroyos nacen arrastrando su sombra húmeda, se esconde en los ojos del puma la niñez del relámpago, atizando fuegos.

 

  Voy al viento y vuelvo con el viento bajando de un cielo alto hasta los árboles, andando esta tierra, de preñez, ávida de lluvias generosas, regresando a contar sus memorias como un escalofrío en el poncho de los gauchos, cuando el viento asienta su sombra silenciosa en la raíz dormida del chacay*.

 

  Veo llegar de lo hondo del tiempo a Cecilio Quezada, cargando su borrachera y esa alegría breve como un beso que el vino sopla con sus fuegos para incendiarle al pobre la boca de tonadas. El viento andaba en la guardia del caballo que frente al boliche pisaba a cuatros patas la espera y en la muerte, que dormía su antiguo frío en el filo de los cuchillos. El viento anduvo tapándole las buenas huellas a los zorreros* y Márquez vino a completar la pena con una copa amarga. Dicen algunos que fue en defensa propia. Otros no dicen nada.

 

  Amaneció tirado, con una copla muerta a medio salir de su garganta arenosa. Todo tenía la quietud de la leña. Sólo el sauce le soltaba una llovizna de hojas doradas y en lo alto el cielo mostraba sus lentas quemazones.

  Lo cargaron en un carro y se llevaron para velarlo. Iba, con una sonrisa marchita, ahorcada por el pañuelo negro que como una sombra de cuervo le acogotaba todos los sueños. Iba, entre ranchos tristes y ladridos a lo más profundo del viento para entrar en sus memorias...

 

 

 

 

 

 

9

 

 

 

  Regresaba de mirar el viento, olorosa de pampa y lejanías. Con la última lluvia aún dormida en la mirada, era la propia vida. Un trozo menudo de nostalgia, un pedazo de infinito, una larga y dolorosa agonía.

 

  La ví volver desde los chenques* con un viento de miedo arañando su espalda, con una luna untando su luz de aceite por las lomas. María Reumay era de greda  viva. Casi la tristeza. Un grito rumeado largamente...

 

  Curandera de mirar las aguas y los días, volvía del ocaso con un viento metido en la saliva, como una sombra tambaleante lamiendo las cruces grises de olvido y de intemperie.

 

-         cuente, abuela...

-         luego llegaron ellos...

-         quiénes?

-         ellos, los dueños de la tierra

-         pase la tabaquera...

-         nos arrinconaron contra la cordillera

-         pase fuego...

-         si canta la calandria, seguro buen tiempo

-         y los abuelos?

-         dormidos... por los cerros

-         una torta criolla, don?

-         sacá ese perro, m’hija!

-         cuente abuela de los toldos...

-         pase adelante Curinao, tome asiento...

-         se me olvidan las cosas con los años...

-         qué invierno nevador, doña María!...

-         nos dejaron aquí, puro salitre...

-         y...será...

-         si el aguilucho blanco no da pecho...

-         un mate, don?

-         camarucos* de antes... 200 paisanos!

-         dicen que más de 100, son muchos años...

-         fueeeraa!!

-         no hay que cantar de noche...

-         no queda leña seca...

-         le va a pegar toda la noche...

-         como las doce...

-         si sopla del oeste capaz que limpia...

-         hasta mañana, doña María....

 

  Cada atardecer, entre grandes hogueras, partiendo el silencio en dos mitades, fue enterrando uno a uno sus misterios por la piel lunar de la salina. Un agua clara llovida de sus ojos perfumada las bardas* y en el viejo fogón de los mapuches, el fuego boqueaba entre las brasas...

 

 

 

 

 

 

 

10

 

 

 

  Este viento sabe andar con el hombre y sus oficios.

Lo suelen ver por los hornos de ladrillos, embarrado y sediento, quedarse dormido por las adoberas. Arrastrarse a tientas entre greda y paja seca por los pisaderos* y velar el sueño lleno de alcohol de Ruperto Ovando cada quincena.

 

  Saben verlo –digo- cuando el horno trepida su infierno vomitando humo por las boquillas*, inmolarse entre diablos carboneros y aceite hirviente, y renacer, frenético de danza en los tomillares* de los cerros. Ese mismo viento, que se queda en los harapos de los cortadores*, fermenta el limo de la tormenta, cuando un duelo de cuchillos tajea el vientre de la noche y la muerte escarba en la memoria de los viejos sus papeles quemados.

 

-         Un día ventoso como éste lo enterraron al chileno Jara...

-         Sólo se sabe que fue después de quemar el horno de Manquemilla.

-         Al finao le faltaba una mano y estaba comido en el pecho por los peludos...

-         ¡Válgame Dios! le habían sacao  los ojos las gaviotas...

-         Cállate, mujer ¡están los chicos!

-         Dicen que estaba mordido por los perros de Botello.

-         Cuando lo trajeron de vuelta ya no tenía el reloj...ni plata...

-         ¡Compadre!

-         Dios me perdone! pero tiene que ser alguno de ellos...

-         Pa’ mi que fue “el correntino”, se la tenía jurada después que el chilote* le “sacó la madre” cuando discutieron por la paga...

-         Cuentan que era trabajador pero que se ponía provocador cuando tomaba.

-         No ha de tener parientes, nadie le trae nada ni para el día de los muertos...

-         Lo enterramos atrás del basural de los Gómez ...

 

  Ahora el viento vuelve por los hornos. Se queda manso como un perro golpeando con su cola las puertas o se va peinando el fleco rubio de los coirones* en los techos de los ranchos ...

 

 

 

 

 

 

11

 

 

 

  Apenas si el viento puede nacer fuera de tu boca, Rómulo Carballo. Como semillado de oscuros carreros, llegas de un tiempo lejos cargando tus años como un árbol llovido en medio de la tarde.

 

  En ti vuelven los abuelos pensativos, regresando en tu recuerdo de un tiempo joven de romerías*, de caballos y jinetes y un viento orejano rondando estribo y freno de pura espuma y plata.

 

  Criollo entero, corazón de blanda madera olorosa que perfuma la palabra, sabes volver como el viento, cuando una quietud honda, casi dolorosa, le pone al Río Colorado* más alazanas sus pupilas de barro y por sus orillas uncosas* vienen a mojar sus ijares caballos silenciosos, salidos de un espejismo misterioso.

 

  Por tu tez castellana, hecha a la forma de tus propios sueños, vuelven las últimas historias. Aún te veo arrodillado sobre la tierra abierta descubrirle el color a la enagua de la tomatera, mientras un duende quemado de inviernos, te urgaba en la memoria antiguas travesuras, lejanas proezas, viejos amores.

 

  Queda aquí tu sombra generosa de pájaros aleteándome en los ojos como un músico ciego, poniendo en mi mano –torpe carpintero- la palabra del viento repartida en lo pequeños ruidos con lo que la noche fecunda uno a uno sus muertos.

 

  Apenas si el viento puede nacer fuera de tu boca, padre de mi canto. Cuando la soledad estira su neblina y se pone delgada la palabra, vuelven desde el silencio convocados por tu nombre, un tropel de alucinados fantasmas, desterrando una nueva historia para que el viento llore y el hombre cante. Llegan las voces desde lo hondo del misterio señalando a la muerte por su escondido apellido y lloran por Mata Magalllanes* cinco sangres calcinadas de olvido.

 

  Acaso tengas que repetirle a los vientos de Talagapa* la vieja historia de una gringa que pintó de rojo la sombra dormida del calafate* que aún gime entre Chacay* y Gan Gan* su soñolencia de monte. Diles nuevamente cómo eran los hombres de entonces y qué precio tenía llegar a los ochenta sin marcas en el cuero!

 

  Apenas si el viento puede nacer fuera de tu boca y de tus palabras nace el viento que me desmemoria ...

 

 

 

 

 

 

 

                  VOCABULARIO

 

 

 

Acezando: Jadeando.

 

Awin: Vueltas que se dan de a caballo en torno al altar en las rogativas.

 

Bajo Caracoles: Paraje ubicado en el centro-norte de la provincia de Santa Cruz.

 

Bajo La Cancha: Paraje ubicado en el centro-sur  de la provincia del Chubut.

 

Bardas: Alturas que bordean los valles desde la precordillera hacia el mar.

 

Boquillas: Parte del horno de ladrillos por donde se le prende fuego.

 

Calafate: Arbusto patagónico de frutos comestibles.

 

Camaruco: Ceremonia religiosa del pueblo mapuche.

Carcoma: Dícese de ciertos parásitos que carcomen la madera.

 

Cortadores: Los que tienen la tarea de “cortar” los adobes, es decir, darles forma con la adobera.

 

Coirón: Tipo de pajonal muy difundido por la región patagónica, que sirve de alimento al ganado.

 

Cultrunera: Ejecutante del cultrúm, tambor sagrado del pueblo mapuche.

 

Chacay: Lugar cercano a Gan Gan,. Voz mapuche que significa calafate.

 

Chenque: Sepultura india.

 

Chilote: Habitante de la Isla de Chiloé, Chile.

 

Duraznillo: Arbusto patagónico que se utiliza en la construcción de cercos.

 

Elchén: Uno de los nombres de Dios, entre los mapuches.

 

Gan Gan: Paraje ubicado al norte de la provincia del Chubut.

 

Kimeyhue: Voz mapuche; significa lugar lindo, hermoso.

 

Lenga: Arbol maderable de la precordillera andina.

 

Mala espina: Arbusto patagónico que se emplea como leña.

 

Mata Magallanes: Paraje ubicado al sur de la provincia del Chubut, a 50 Km. de Río Mayo.

 

Mata negra: Pequeña planta que crece en partes del centro y sur de la provincia de Santa Cruz.

 

Matuasto: Tipo de lagarto patagónico.

 

Molle: Arbusto resinoso que da buena leña.

 

Mudai: Bebida sagrada del pueblo mapuche, hecha generalmente a base de trigo.

 

Nguillatunes: Voz mapuche; significa rogativas.

 

Ñamcu o ñamco: En mapuche, aguilucho pecho blanco.

 

Paramela: Arbusto patagónico muy fragante y resinoso.

 

Pastos Blancos: Paraje ubicado al S.O. de la provincia del Chubut.

 

Peñi: Voz mapuche; sig. hermano.

 

Picaderos: Lugares donde se encuentran restos de industrias líticas. (lascas)

 

Pifilca: Silbato usado en las ceremonias religiosas.

 

Pilchero: Dícese del caballo auxiliar que sirve para llevar el equipaje. (pilchas)

 

Piñones: Frutos del pehuén. Son comestibles.

 

Pisadero: Sitio donde se “pisa” el barro para luego hacer los adobes.

 

Quemú quemú: Voz mapuche; sig. arco iris.

 

Quinchao: Tejido otrama hecha en forma de muro o tabique.

 

Rameado: Arrastrado. (como a ramas)

 

Río Colorado: Límite norte de la región patagónica.

 

Romerías: Antiguas fiestas populares.

 

Sampales: Grupos de sampas. Arbusto ramoso que crece en lugares salitrosos.

 

Senguerr: Río de la provincia del Chubut, de 340 Km., tributario de los lagos Musters y Colhué Huapi.

 

Taiel: Voz mapuche; sig. canto sagrado.

 

Talagapa: Paraje ubicado al norte de la provincia del Chubut, casi en el límite con la del Río Negro.

 

Tomillo: Planta aromática de uso medicinal.

 

Trutrucas: Voz mapuche; Instrumento musical parecido al erque, usado en las rogativas.

 

Uncosa: Llena de uncos. Especie de juncos que crecen en lugares húmedos.

 

Zorrero: Cazador de zorros.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

MEMORIAS DEL VIENTO

Hugo COVARO

Se terminó de imprimir el día

2 de abril de 1984

en Imprenta Gráfica

Mitre 661- Comodoro Rivadavia

Chubut-República Argentina

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“Luna de los Salares”

 

 

                       Hugo Covaro

 

 

 

 

 

 

 

 

ISBN: 950-43-0337-4

 

 

 

Tapa e ilustraciones: Alicia CARBALLO

 

 

 

 

 

 

 

 

A MANERA DE PRÓLOGO

 

 

 

   Con la misma simpleza ribeteada de poesía y realismo que nos mostró en sus “Memorias del Viento”, Hugo COVARO, con prosa ágil y encendido sentimiento, sin usar un lenguaje propiamente mapuche, pero sin mezquinar el recurso a los giros verbales, a los enfoques psicológicos y a los vocablos aborígenes, dibuja la imagen y personalidad de los protagonistas de los cuentos que agrupa en este, su quinto libro, presentado bajo el título de “Luna de los Salares”.

   Diez relatos componen este manojo de sufrimientos y esperanzas por los que transitan el amor, el desengaño cruel, la muerte, la soledad, el olvido, las angustias de la vida y el triste destino de los deposeídos...

   Diez cuentos que tienen el común denominador de la sorda lucha que libran hombres y mujeres de la tierra agreste, contra la dureza de un clima que todo lo ciega. Y en ese ambiente, en la yerma geografía de los salares del interior patagónico, florece el verbo simple, capaz de glorificar el sufrimiento.

   Desafío honesto el de Hugo COVARO. Contra el viento “que todo lo destruye”, supo luchar para conseguir que “sus memorias” rescataran nombres del olvido: ahora, en la noche oscura de las salinas, puede lograr que sea la de “su luna”, la luz capaz de iluminar un futuro de reivindicaciones que sirva para torcer el trágico desenlace de una raza condenada a desaparecer.

 

 

 

                                                                          Juan Carlos NEGRI

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1

 

 

 

  Todos mis caminos llevan al puesto de Félix Cañupán.

Metido dentro de la tierra, más allá de la paredes – tierra estibada- anda su sombra de hombre pobre, lastimando las lunas salineras de las que saca su soledad pidiendo un milagro más cierto que la vida.

 

  Nacido de la tierra, Félix Cañupán era la tierra espiritualizada de la forma más simple. Tosca, como el cántaro en el que beben su sed los veranos ventosos. Sé verlo volver del monte desandando los senderos del viento, con un sol tierno calentándole la cara de cobre cuando la tarde es apenas una larga herida en el cielo y en mi crecen las telarañas de la nostalgia.

 

  Se iba el invierno y la última nevada encanecía el cerro, arrimándole su vejez de frío. Era la primavera entonces. En la sal de las lagunas el silencio amontonaba tiempo y, en los ojos de los bichos, se reflejaban las lomadas hombreando sus cargas de tomillo* y nube. Era el tiempo de la vida.

 

  Juntos, haciendo un solo fuego de nuestros incendios, caminábamos, ciegos de infinito, hurgando en el sueño de los muertos el nacimiento de alucinados espejismo. Tal vez por ser mejor que hablarse solo, de cuando en cuando se escapaba alguna historia mínima, de esas escondidas, apretadas entre las costillas y la memoria.

Como un aire moribundo, a media lengua, agarrada a la garganta, salía la palabra. Un júbilo subterráneo, un borbotón amargo y viscoso regresado de pronto con el recuerdo, le estallaba en la sangre. Este alumbramiento cimbraba en su médula ríos oscuros y en ese torrente, barrosos de olvido, los misterios enterrados en el corazón de los salares.

 

-         Cuente don Félix lo de su amuleto.

-         Pa’ que sirva tiene que ser lión cebao*...

-         Cuando más grande el animal, más mejor...

-         La hembra no sirve. Trai disgracia.

-         Tiene que ser en luna llena y a puro cuchillo.

-         Y solita su alma...

-         La uña ‘el medio, la degüelladora...

-         No hay que mostrarlo a nadie...sino...

 

  Después, la boca oscura del puesto lo tragaba entero. A la orilla de la laguna, con los ojos de sal, otro Félix Cañupán seguía recordando...

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

2

 

 

 

  Nada de lo que pasaba veía. Desde sus ojos baldíos la muerte, en una resolana brumosa, se trepaba a los rostros tristes de los paisanos para velarle la memoria.

Con todo el cielo encima, en la estrecha zanja tajeada al salitre, dormía. Sólo recordaba el nombre de Margarita Antifil rondándole la boca como una mariposa y el aroma a ciprés que salía de su pollera, roja como una herida.

 

  Fue para el catán cahuín* de la más chica de los Curinao que la vió por primera vez.

 

- Qué mujer, señor, pa’ mi ruca*!

 

  Se le ponía ancha la alegría de pensarlo.

 

  Ahora, la tierra gredosa le caía sobre los huesos, de a pedazos, en minúsculos derrumbes. Ni siquiera veía la sombra de Gregorio Melipil elevando un pesado ruego que apenas alcanzaba la altura de un hombre.

 

  Nada de lo que pasaba veía. Sólo recordaba que la muerte había llegado de golpe, en un corto escalofrío, en lo que tarda un cuchillo en salir de su vaina buscando otra. Un tajo hondo, preciso, le ensanchó un río de crecidas enturbiándole la mirada, poniéndole espumas de viejos frenos masticados en la boca. Esa muerte que aferrada a sus entrañas se hizo río incontenible.

 

  Tres paisanos lo sacaron al camino, entre el griterio de la gente. El ya no oía. Las figuras se estiraban, deformándose, como agua golpeada de pronto. Por el polvo machacado de pezuñas, una culebra húmeda despielaba su miedo. Un oscuro silencio le apagó la última mirada.

 

  Nadie pudo decirle que esos ojos negros tenían dueño. El mismo dueño de ese cuchillo que le había abierto la brecha por donde se le fue la vida, río debajo de los sueños. Nadie pudo decirle que la muerte lo esperaba, paciente y huesuda, a orillas de la laguna donde su nombre sería sólo una cruz de leña muerta. Nadie.

 

  Por los fragantes rincones de la ramada, como un ciego a tientas, anda el canto del muerto buscando salida...

 

Currí ñé, currí ñé,                                     Ojos negros, ojos negros,

eluén ñi piuqué.                                        dame tu corazón. 

Amutui tañi ruca,                                      Vamos para mi casa,

currí ñé, curri ñé.                                       Ojos negros, ojos negros.

 

  Nada de lo que pasaba veía. Sólo recordaba, pájaro la risa, bajo un sol cortajeado por la sombra de los pinos, un nombre de mujer y dos ojos negros apuñaleándole la ternura.

 

  Esto, que ahora es sólo una salada palabra.

 

 

 

 

 

 

 

 

3

 

 

 

  Por esta tierra de sal, el viento es sólo el aliento quemante  de enterradas lluvias y en esa quietud luminosa de mica voladora y de traslúcidos cuarzos, la sombra del salinero es una estirada agua negra pisando la paz de los yaretales* ardidos.

 

  Una música de sal, en amarga resolana se le sube a la boca cuando, a los lejos, agujerean  el aire los picorotes* ruidosos.

 

  Lentas lunas redondas y amarillas, salidas del cielo como flores de salitre recién haciéndose, untan de plata sucia los contornos del páramo. En ese silencio de piedra, la vida es apenas el rastro repetido de los bichos que orillan la laguna sedienta.

 

  Nada crece de la sal. Hasta el indio espera la noche para leudar la médula de su madera oscura. A golpe de sangre rompe el orujo de barro que lo contiene y suelta al hijo de los salitrales como una crisálida ciega. Viene llegando de la vida con la sal y la miseria puestas en los harapos, esa otra piel sobre su piel transpirada de salobres rocíos.

 

  Por esta tierra de sal, vivía Casimiro Antieco. Lo conocí volviendo del monte, con un viento dormido trepado a su carga de leña, como quién retorna de la tarde repartido en pequeñas agonías. Casimiro no hablaba.

 

  Parece ser que había nacido mudo; o tal vez la sal de tantos años le habría ido quemando la palabra. Su infancia andaba por la costa de la laguna, casi tocando la espuma sucia como baba de sapo. Era el límite entre la tierra y el agua; entre la sal y los atardeceres grises de palomas.

 

  Recordaba tardes como flamencos meditabundos y escarabajos muertos blanqueando su brillante obsidiana. Era cuando, a la hora de la siesta, un cielo alto se desteñía en la serena lejía y era la laguna un enorme ojo azul y hondo.

 

  Apenas llegada la noche, la vida regresaba a los salares delatando diminutos latidos.

 

  La mano fría del miedo solía espantarle el sueño. Afuera, el viento traía rumores de voces y de cabalgaduras, y el golpear monótono y repetido de un hacha cortando leña. Todo el caserío de la laguna lo escuchaba, pero nadie salía. Sólo una vez Casimiro quiso salir al patio para verlo de cerca. Por la ranura de la puerta vió a su perro tironeando una sombra, como si se comiera a si mismo. Y lo vió.

 

  Dicen que desde entonces perdió el habla.

 

  Por esta tierra de sal, el viento es sólo el aliento quemante de enterradas lluvias. Desde siempre...

 

 

 

 

 

 

 

 

4

 

 

 

  Entre fardos de lana y cueros dormía la comparsa. Un gris casi niebla, polvoso, los envolvía en ese ámbito trasminado de olor a oveja y mugre.

 

  Algún ronquido cortaba en las chapas el canto del viento que parecía soplar su áspera música desde la flauta perdida de algún indio. El aire dentro del galpón tenía el color de los bolsones. Suspendido del techo era polen volado desde una abierta flor de greda.

 

  Como máscaras de barro antiguo, los toscos rostros surgían del silencio oscuro, mientras la sierra del sueño le partía el hollejo a la miseria para que el límpido río de los días fuese un adiós, yéndose siempre.

 

  Inocencio Gómez, era puntano. Diógenes Olivera entrerriano. Facundo Moralejos, maragato. Prudencio Márquez correntino, lo mismo que Agapito Barrios.

 

  El chileno Celestino Mardones dormía aparte. Tapado con su poncho y como en su sombra dormitaba, de a ratos, el indio Sacamata.

  El tehuelche andaría pisando los ochenta y de cocinero o embretador se ganaba la paga. De pocas palabras, era casi el desierto. Salía por los atardeceres a buscarse en la agrietada piel de la salina como quien regresa al sitio de un naufragio.

 

  El contaba cosas que nadie creía. Hablaba de tesoros enterrados. De oro y plata pampa.

 

  Cuando tomaba vino se le ponía de piedra la mirada y comenzaba a gritar como poseído...

 

-         ¡Alambre, alambre, alambre!

 

  La baba le caía de la boca endurecida como una leche derramada. Alucinado, perseguido por todos los muertos de las salinas, cruzaba las aguadas resecas hasta que el monte espinoso le escondía el miedo entre sus ramas.

 

  Sabía volver al otro día hecho jirones, todo arañado en los brazos y en la cara. Cuentan que él vió a un inglés de botas altas y lustrosas, britches y fusta en mano persiguiendo de a caballo al pobre indio que le había carneado un capón, sólo por hambre.

 

  Dicen que vió también cuando lo ahorcó con el último hilo del alambrado y lo dejó colgado del poste para que sirviera de escarmiento. Y que ahí estuvo el muerto, despielándose a puro pico de chimangos hasta que , de a poco y a golpe de intemperie, fueron volviéndosele tierra voladora los huesos.

 

  Por eso, cuando un vino le humedece la memoria, en los ojos del indio se inicia el incendio. De a trancos, se le vuelve humo la garganta. Luego el pecho es un horno que sopla sus llamas a la boca y, en la boca, el infierno antiguo suelta su lava.

 

  -¡Alambre, alambre, alambre!

 

  Y el indio Sacamata es un silencio en llamas...

 

 

 

 

 

 

 

 

5

 

 

 

  Los hombres de estos parajes parecen de sal, casi cristalinos, rocosos. Van y retornan de un tiempo remoto, detenido en el corazón de esta tierra fecundadora de milagros.

 

  Pero hay un tiempo en ese mismo tiempo donde el hombre del salitre sueña. Y la mujer del salinero, greda pura de tanto andar de olla, recuerda la niñez como un cuento borroso. Recuerda un Temuco* lejano e inalcanzable, y la vieja casa, y el patio con flores de retama, y los indios tejiendo chamales* en estirados silencios. Llegan los alfareros cargando las frescas sombras de los cántaros, y el mugido enterrado de las trutucas* trepándose a los árboles.

 

  Sabe verse escondida de la ira del padre cada vez que un vino sucio y turbio le ponía gruesa la palabra. Y es cuando suele llorar amargamente.

 

  Luego, la vida. De preñez en preñez, como quién va enterrando semillas en la sal, fueron llegando los hijos. Como cueros revolcados, tomaron el color de barro del fondo de la laguna salitrosa. Cuando ya muchachos, la dura luna de sal les puso piel de plata antigua.

 

  Pero sólo entonces.

 

  Menuda como una palabra, huele a pan recién horneado de domingo. Desde la cocina, en un murmullo de hoja movida por el viento, llega el doméstico canto. Una chicha llena de fruta le estrujaba sus zumos en la cara. La sonrisa, breve como un relámpago, empuja hacia la luz de la memoria; algo que está en los ojos y al mismo tiempo ausente.

 

  Es el domingo el tiempo con que Luzmira Soto sueña. Le viene el recuerdo del amor a escondidas en las perfumadas entrañas del aserradero entre el bramido de la sierra, ese toro húmedo de savias recién degolladas.

 

  Pero ese es tiempo lejos...

 

  Un viento salado, casi mineral, la despierta con su mano de arena. Aquí las cosas maduran por la sal, más que por los soles tenaces del verano. Juntar leña, buscar agua, hacer el pan moreno y tener hijos es su rotunda historia.

 

  Más allá del horizonte, donde terminan los sueños del domingo, la esperará  la muerte.

 

  En esa serenidad casi dolorosa, alguna gaviota por el cielo hará chirriar su gozne agriamente. Las casa, antes blancas, mostrarán muros de terrosas carcomas y víboras de la última lluvia bajándose del techo.

 

  Será el tiempo de los sueños largos.

  Sólo entonces...

 

 

 

 

 

 

 

6

 

 

 

  Con yareta* y leña de piedra hicieron fuego. Había que quemarle la ropa al muerto para que el “daño” no le pasara a la familia.

 

-         Se irá secando de a poco, como un charqui – había dicho la machi* hacia un año largo...

 

  A la pobre viuda la tristeza le rodeaba como un agua sencilla. Con los ojos derrumbados de lágrimas, miraba sin ver el cielo, que se iba poniendo pálido detrás de las salinas.

 

-         Amún cura*, amún curá... feulá com anqui* - repetía en un susurro.

 

  Nazario Painemán, carcomido, como el árbol más viejo de la tierra, se había quebrado de pronto. Con la muerte mordiéndole los huesos era menos que el canto del monte gastado de vientos.

 

  El vió el rastro. Tan sólo eso vió. Era como un viento largo marcando las arenas. De cuando en cuando torcía el rumbo para no topar con los coirones*. Lo siguió largo trecho hasta que se fue a perder en la raíz de una mata de molle*. Nada dijo Nazario por algunos días. Pero esa agonía le quemaba en la boca como una brasa.

 

-         Eso es cosa mala, compadre.

-         Dicen que no tiene cura...

-         Pero...por qué tan luego a mí, don Eleuterio!

-         Mire que cruza gente por esos cañadones...!

-         Tal vez alguno que le tiene envidia...y por encargo...

-         Yo no quise mirar...pero no pude...

-         Será bueno que no vuelva por las casas...

-         Quién sabe!

-         No sería rastrillada ‘e peludo?

-         No. Era ella.

  Con el luto anidado en el sombrero, volvió cuando las lluvias del invierno escondían sus aguas terrosas en los cactus. Regresó como un gemido desenterrado de donde la sal ya es dulce de profunda.

 

  En ráfagas, en minúsculos temblores subterráneos, le llegaron conocidos y olvidados rostros. Carreros oscuros de distancias, arrieros de arcilla, interminables arreos. Después un sueño lento, espeso, se los llevó lejos, más allá de la memoria.

 

  Lo último que sintió, fue un aroma breve y la mano de la compañera, húmeda de lavados, como un chamanto oloroso de ternura que lo tapó entero.

 

  Luego el tiempo. Rondando los salares, medio animal en el instinto, borrando el rastro de los últimos muertos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

7

 

 

 

  Marcó con la pala un circulo en el suelo, como si fuera el límite exacto de su propia sombra. Así comenzaba el largo viaja hacia el agua esquiva Segundo Callejas, pocero venido de la zona de Paso Moreno.

 

  Al poco rato ya estaba hasta la cintura metido en la greda. Las paladas, astillas de una tierra dormida, caían torpemente como pájaros muertos. Para el atardecer, un pedazo redondo de cielo, azul y lejano, quedaba prisionero de las ásperas paredes.

 

  Desde lo hondo, el silbo del pocero salía oloroso de raíces, para ir a enredarse en las matas quemadas de vientos. Así un día y otro día, en dura lucha con las toscas de arcilla, verdes de tanto siglo. El pozo de ahondaba lenta, dolorosamente. El cansancio en las noches le tironeaba el sueño como a un animal trampeado.

  Una luna añeja, de barro, alumbraba el silencio cuando la tierra sudaba en el salitre su memoria.

 

-         Aquí nunca hubo agua, don Esteban.

-         Tal vez bien hondo...quién le dice...!

-         Va ha tener que cavar como seis metros...pobre!

-         Y si no resulta?

-         Hay que tener cuidado con los derrumbes...

-         Ceferino bendito!

-         Agua han de hallar...pero salada...

-         No te acerqués tanto a la orilla, Domitila!

-         ¡Miguel, por Dios! Sacá ese chico!

 

  Después de tanta pala y barreta, para un medio día, a la tierra del fondo del pozo se le fue formando una mancha turbia, creciente. La mano del pocero, leñosa, fue tocando la parte más temblorosa del agua.

 

  La juntó en el hueco del sombrero y, lentamente, de rodillas, la fue subiendo a los labios. La probó despacio. Con el medio del que toca un cristal de aire. Un río fresco, pequeño, casi un aleteo de pájaros, le inundó de jubilo la garganta...

 

-¡Agua, agua, agua, carajo!

  Desde el caserío, como desenterrados, llegaron corriendo los mirones con todo el asombro al viento...

 

  - Es dulce como la miel, doña María!

  - Y tan clarita...diga.

- Parece que el Señor oyó mis ruegos!

 

  Una bomba de manija le hundió al pozo su tráquea herrumbrosa. Por la acequia abierta en la tierra fatigada, el agua corrió con un rumor tan antiguo como el monte.

 

  El atardecer mostraba lejanas quemazones. La mala espina* trepaba luz arriba para florecer en un penacho de salitre. En la laguna, el canto de la calandria, espinoso de música, temblaba como flecos de agua...

 

 

 

 

 

 

 

8

 

 

 

  En este páramo, que presta su soledad añosa, el hombre de sal ejercita sus oficios. Lánguidos chiveros. Sogueros de lentos mediodías. Chulengueadores. Rastreadores de pumas. Hacheros de monte bajo. Juntadores de lana mortecina*. Tejedoras de matras dolorosamente hermosas. Mujeres silenciosas con hechura de barro. Abuelos cavilosos con la piel de alfarerías.

 

  Rufino Nahuelquir era zorrero*.

 

  En sus ojos neblinosos de lejanías, se podían ver todos los salares. Pisándose la sombra, encorvado, partiendo en dos la paz de los picaderos*, andaba tras el rastro de los zorros, quemado de inviernos.

 

  Con las trampas sobre el hombro, aparecía de los cañadones como salido de la tierra. Era un viento inmemorial que olía al incienso resinoso de los molles* silbadores.

  El tiempo, detenido en sus harapos, dormía su índole de pájaro resguardando su corazón de tinaja.

-Tenés que elegir güen sitio –me decía-. En lo posible bajo una mata grande así podés atar el alambre de la trampa. Que tenga matas también a los costaos, así el zorro tiene que dentrar a la juerza y de frente. Hacé un pocito en la arena y colocala con la traba puesta. Ponele un papel encima y, despacio, andá echándole tierra hasta taparla. Pasale una rama pa’ borrar los rastros. Dispués venite arrastrando una osamenta un largo trecho y colgale, un poco adelante, el cebo bien amarrao a una buena mata. Pa’ que el ladino no disconfíe, hacé fuego cerca y oriná donde hiciste campamento.

  La salina, con su antigua memoria de mar, lo veía regresar de revisar las trampas, como quién va del silencio al olvido.

 

  -Si hay un ñerrí trampeao, no le tengas miedo a los gruñidos que pega. Que los perros lo empaquen a puro ladrido, pero que no lo muerdan. Vos arrimate con el palo y tratá de pegarle en el hocico. Si le das justo cae seco, de seguro. Ahí nomás cuerialo y estaquialo bien tirante. Eso sí, cambiá de sitio la trampa...los zorros olfatean el olor a sangre y le arisquean...

  Todos los rumbos de la sal tienen las pisadas de sus alpargatas. Tal vez un día de éstos, casi viento, salga a borrar los rastros de los zorreros, antes que la muerte le ponga la mirada de agua. Entonces, juntos, veremos crecer la tierra como un vientre, en el sitio donde bajan los dioses indios. Será para el tiempo de los días largos. La calandria, parada sobre la rama más florida, cantará su ausencia con el pecho embarrado de crepúsculo.

 

 

 

 

 

 

 

 

9

 

 

 

  Nadie recuerda cómo llegó a las salinas. Y nadie sabe bien cuando se fue, como un viento preñado de palomas. Alguien dijo alguna vez que el cantor tenía tratos con el diablo; pero la gente de la sal suele matar el tiempo contando viejas y repetidas historias, ajadas de andar de mano en mano.

 

  Sólo se sabe que su voz se quedó en la memoria del caserío y que ando por las yaretas*, olorosa de raíces recién desenterradas caminando como un hambre descalza en los hijos de los salares. Y que ronda la boca de los arrieros de palabras guasas, como un sedimento agrio y nostalgioso. Y que la suelen oír en las noches de los ranchos pobres, cuando una lenta luna mueve su calavera entre los tamariscos.

 

  Si me muero de cantar las mismas coplas;

  si de cantar se me muere la guitarra,

  tal vez triste me ponga por mi suerte,

  pero más triste por saberme lágrima.

 Cuando me llegue ese silencio oscuro

 y el vino sienta la misma puñalada,

ha de haber –eso pienso- una madera,

que me llene de trinos la mirada...

 

  Y el canto, cuando anda el verano despierto en los duraznillos*, vuelve a pisar el rastro borrado de su dueño como un ciego que alumbra su propia ceguera, cuando baja de los árboles altos despeñándose en un duende de barro y humo. Se revuelve enloquecido, danzando en los remolinos de las siestas y juguetea en la mariposa que los hijos de la sal sueltan desde sus sonrisas amarillas.

 

  La tierra lo escucha desde su callada geología.

 

  Han de venir las voces compañeras

  para poblarme el pecho de tonadas

  y el nombre de mujer que ande en mi boca

  será el viento por mi sombra hachada...

 

  Vuelve latiendo desde el agua su índole de acequía para enterrar se lenga en las salinas, donde el tiempo compone su niñez de cenizas. Y va cayendo, vértebra por vértebra tapando el ojo de las lluvias. Se arrastra, repta, con un sol posado en el sonido, hasta que el último aliento de luz tiembla en la dura rosa de los cuarzos.

 

  El canto duerme entonces. Un silencio de piedra se apodera del páramo. En los fogones campesinos la sal reúne las sombras permanentes de una miseria que se asoma en las ojeras del hambre.

 

  Y es cuando el canto resucita. Renace. Se sacude el olvido como un perro mojado y sale a los tumbos, ebrio de tonadas.

 

  A lo lejos, en las manos de un indio, la trutruca* suelta su ronquera en una plegaria hueca.

 

 

 

 

 

    

 

 

                                         10

 

 

 

  El río, esa vieja herida abierta a la tierra, mostraba su costillar de arena asoleada. Por sus barrancas gredosas, un viento sin memoria desvelada el largo sueño de los chenques, tanteando los rincones por donde la muerte, en las noches, desnudaba sus cuchillos.

  A las orillas del cauce agonizante yacían los abuelos de la raza, agregándole a la sal otro olvido. En ese silencio los absorbían las raíces junto a los jugos de la tierra, para depués el tiempo, en obstinada tarea de lluvias y vientos, les desenterrara dormidas alfarerías.

 

  Era un alumbramiento lento. Un ir acostumbrándolos a la luz de los salares, luego de tanta sed y oscura monotonía, mientras, por los ranchos, la vida iba nutriendo su leudado amasijo entre la muerte de los viejos y los nacimientos ralos.

 

  Alguna crecida en años llovedores los destapaba. Los huesos, desnudos de toda siembra en sus índoles de cántaro aparecían, blanqueados de intemperie. Y las lunas salineras bajaban a lamer las osamentas, avivando la mortecina lumbre de los anchimayenes*.

  Era entonces cuando al indio lo acogotaba el miedo.

 

-La luz salía cerca ‘el barranco. Era clarita y viboreaba ‘nel aire. Dispués se quedaba un largo rato quietita...era clarita. Yo la miraba escondio tras los sulupes*, hasta que s’iba yendo como llevada po’ el viento. S’iba lejos...hasta que se perdía ditrás ‘e las lomas...

 

  Desde lo más remoto de la sangre regresaban alucinados dioses reclamando ofrendas. A Manuel Quintumán, soguero de anchos días, un aire de tábanos le afiebraba la memoria...

 

  -La costa ‘el río está llena ‘e chenques*, papai cushé*!

  -Chem pí*?

  -No. Son toelchos*.

  -Han andao los huincas escarbando...

  -Dende entonces se aparece...

  -Chelforó* es sagrao!

  -Eso sabe traer sequía.

  -Mai, mai*.

  -Debe ser ansí nomás...ya va pal! año que no llueve!

  -Mai, mai...

 

  La luna de los salares suele ver como la muerte pone sus huevos en las cuencas oscuras de sus hijos y esperar con ellos que madure la neblina.

 

  La muerte también sabe que este es el sitio donde los paisanos mueren para volverse viento...

 

 

 

 

 

 

 

 

VOCABULARIO

 

 

 

Anchimayén: Mito antropomorfo de índole maléfica que ciertos autores le otorgan las características de duende. Tiene la propiedad de transformarse en luz por las noches y aparecer por caminos y lugares solitarios. Es creencia que cuando aparece el anchimayén, alguien morirá.

 

Amasijo: Porción de masa, generalmente de harina y agua para hacer pan. Su uso en este trabajo es metafórico.

 

Amún curá: En mapuche sig: Piedra que camina. Con este nombre se conoce en el pueblo mapuche a una antigua concepción mitológica, representada por una piedra que nunca nadie vio. El rastro que la misma deja “al caminar” “daña” a aquel que lo ve, secándolo hasta matarlo y es, se dice, contagioso sólo para los parientes y familiares.

 

Catán cahuín o catán pilún: Ceremonia durante la cual le perforaban los lóbulos de las orejas a las niñas mapuche, a veces coincidente con la imposición del nombre.

 

Coirón: Tipo de pajonal muy difundido por la región patagónica, que sirve de alimento al ganado.

Chamal: Paño cuadrado que cubre el cuerpo de la mujer desde los hombros hasta los pies. Antiguamente fue prenda de vestir masculina.

 

Chelforó o Elelforó: Voz mapuche. Sig.: Lugar donde hay huesos o sepulturas. Vocablo mas apropiado que chenque, para denominar a las sepulturas indias.

 

Chenque: Nombre con el que comunmente se designan las sepulturas indias.

 

Chem pí?: Del mapuche. Sig.: Qué dijo?

 

Duraznillo: Arbusto patagónico muy usado en las construcción de cercos. En mapuche se le llama Collihuai.

 

Feulá com anquí: Del mapuche. Sig.: Ahora todo está seco.

 

Lana mortecina: Dícese de la lana que queda prendida de las matas y las ramas, o de la que se le saca al animal muerto.

 

Lión cebao: Nombre que recibe el puma (león americano) que se acostumbra a matar en las majadas.

 

Machi: Curandera, pitonesa. Antiguamente la sacrificante en las ofrendas.

 

Mai, mai: Voz mapuche. Sig.: Sí, sí.

 

Mala espina: Arbusto patagónico que se emplea como leña.

 

Molle: Arbusto resinoso que da buena leña.

 

Ñerrí: Voz mapuche. Sig.: Zorro.

 

Papai cushé: Del mapuche. Sig.: Mamita vieja. Expresión afectiva de los hijos para con su madre. Nombre que se da por respeto y cariño a cualquier mujer.

 

Paso Moreno: Paraje ubicado en el centro de la provincia del Chubut.

 

Picaderos: Lugares donde se encuentran restos de industrias lícitas. (lascas)

 

Picorote: Pájaro patagónico. Se suele escuchar su sonoro canto, acompañado por su compañera que lo sigue en una suerte de “contracanto”. Hace un nido espinoso, tipo manga, muy bien construído. El mapuche: trotrolonco.

 

Ruca: Voz mapuche. Sig.: Casa.

 

Sulupe: Planta de uso medicinal cuyo nombre científico es Efhedra Triandra. El hombre de campo le llama “siete coyonturas”.

 

Temuco: Ciudad chilena.

 

Toelchos: Deformación del término tehuelches.

 

Tomillo: Pequeña planta aromática de uso medicinal.

 

Trutruca: Voz mapuche. Instrumento musical empleado en las rogativas, parecido al erque.

 

Yareta: Voz quechua. Planta umbelífera de zonas desérticas. En algunos lugares se la usa como leña.

 

Zorrero: Cazador de zorros.

 

 

 

 

“LUNA DE LOS SALARES”

Hugo COVARO

Se terminó de imprimir el día

24 de mayo de 1985

en Imprenta Gráfica

Mitre 661- Comodoro Rivadavia

Chubut- República Argentina

 

 

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